
La reciente decisión del Ministerio Público de no continuar con la investigación de más de mil casos de violencia perpetrados por las fuerzas del orden en Chile ha desatado una ola de frustración y descontento entre la ciudadanía, así como entre organizaciones de derechos humanos. De acuerdo a juristas y expertos en la materia, esta acción se inscribe en un contexto de impunidad que sigue imperando en el país, donde las violaciones a los derechos humanos no sólo quedan sin investigar, sino que además perpetúan la sensación de un Estado que no cumple con sus deberes fundamentales. Las víctimas y sus familias quedan en un limbo, desprovistas de justicia y reconocimiento, lo que plantea un grave cuestionamiento a la estructura del Poder Judicial chileno, actualmente envuelta en escándalos de corrupción y falta de ética.
Este clima de impunidad se agrava aún más con el silencio casi absoluto de los medios de comunicación, así como de autoridades y legisladores que deberían ser los primeros en abogar por la justicia y la verdad. A medida que el país recuerda a los detenidos desaparecidos y las atrocidades cometidas durante la dictadura, cobra relevancia la exigencia de justicia no solo para aquellos casos históricos, sino también para las víctimas de violaciones de derechos humanos en la actualidad. La falta de respuesta y el mutismo institucional sólo alimentan la rabia de una población que exige ser escuchada y atendida, reforzando la necesidad de que los movimientos sociales y la sociedad civil persistan en su lucha por la defensa de los derechos humanos.
Además, es fundamental reconocer que la problemática de las violaciones a derechos humanos no es algo del pasado; continúan ocurrriendo abusos en la actualidad, como se ha evidenciado con la desaparición de la activista mapuche Julia Chuñil Catricura. Turbas de jóvenes y miembros de comunidades indígenas han sido víctimas de violencia desproporcionada por parte de las fuerzas del Estado, en un contexto que parece no sólo permitir, sino que también fomentar estas prácticas. El deber del Estado no es solo investigar y sancionar, sino también prevenir y garantizar que se respeten los derechos fundamentales de todos sus ciudadanos, sin distinción.
Los procedimientos de las fuerzas policiales ante movilizaciones sociales también deben someterse a un riguroso examen. La reciente discusión sobre el uso de «pistolas taser» y el protocolo frente a desalojos indicativos de campos populares refleja la falta de una regulación adecuada que proteja tanto a los ciudadanos como a los propios agentes del orden. Es imperativo que estas herramientas sean utilizadas bajo un marco de respeto de derechos humanos, que evite recurrir a la violencia como primera instancia. La implementación de protocolos claros y el respeto a los derechos de todos los participantes en una protesta son pasos esenciales para reconstruir la confianza con la sociedad.
Finalmente, es crucial que los movimientos sociales y las fuerzas progresistas en Chile no pierdan de vista la lucha por los derechos humanos en medio de un panorama desalentador. La defensa de los derechos humanos no debe ser vista como un tema marginal o secundario, sino como un eje central en la construcción de un país más justo y equitativo. La presión constante y organizada de la sociedad civil es fundamental para garantizar que el Estado cumpla con sus obligaciones, que se investiguen y sancionen las violaciones y que nunca más se repitan las atrocidades del pasado. En este sentido, la solidaridad entre organizaciones y ciudadanos es más necesaria que nunca.
