
En un contexto de creciente descontento social, el gobierno francés se enfrenta a una nueva ola de recortes que recuerdan a las medidas impuestas por el Fondo Monetario Internacional en otros momentos críticos de la historia económica. Se trata de reducciones en las pensiones, eliminación de feriados y despidos masivos en el sector público. Estos cambios han sido presentados al público como una necesidad para reducir el déficit, pero, de acuerdo con críticos como el arquitecto y sociólogo Daniel Jadue, el verdadero objetivo es reprimir la resistencia de la clase trabajadora francesa, que históricamente ha demostrado ser una de las más combativas de Europa. Este recorte agresivo refleja una fase de decadencia del capital, que ya no se siente capaz de ofrecer concesiones sociales a medida que las tasas de ganancia disminuyen.
La situación en Francia podría fácilmente confundirse con lo que hemos visto en Buenos Aires, Atenas o Santiago, donde las élites financieras han impuesto políticas similares que perjudican directamente a la clase trabajadora. Estas medidas no solo afectan a los jubilados, obligándolos a trabajar más años, sino que también representan una transferencia directa de recursos desde el pueblo hacia los grandes capitales. Mientras los fondos privados y las aseguradoras de pensiones se benefician de nuevos afiliados obligatorios, el Estado se achica, dejando a la población en un desamparo creciente ante el dominio del capital financiero.
El silencio de la izquierda institucional en Francia ante estas políticas es ensordecedor. Los socialistas han abandonado la resistencia activa, mientras que los partidos “verdes” aceptan los recortes con un lenguaje inclusivo que poco cambia la sustancia de la política económica impuesta. Mientras tanto, la derecha tradicional refuerza la narrativa de que «el sistema está quebrado», pero en lugar de cuestionar el modelo neoliberal que ha llegado a su punto de inflexión, optan por una retórica que no plantea alternativas claras al estado actual de las cosas. Este fenómeno está resultando en un escenario propicio para la emergencia de ideas reaccionarias, como las propuestas por figuras como Marine Le Pen y Éric Zemmour.
La historia se repite a medida que vemos que el ajuste neoliberal abre espacio para la restauración reaccionaria, tal como ocurrió en los años 30. Sin embargo, el pueblo francés continúa mostrando signos de resistencia. Huelgas recientes de basureros, ferroviarios, docentes y enfermeros han evidenciado que la clase trabajadora no está dispuesta a ceder sus conquistas sin luchar. Lo que muchos denominan “resistencia al ajuste” podría evolucionar hacia una ofensiva por la dignidad y el poder. La memoria histórica de las luchas de clases es profunda en Francia, y los ecos de la Comuna de París resuenan en las calles, sugiriendo que el espíritu de resistencia permanece vivo.
La grave crisis que enfrenta Francia no es solo una cuestión económica, sino profundamente política. La lucha de clases es el motor de la historia y, aunque muchos puedan pensar que los tiempos de cambio han pasado, las narrativas de resistencia y confrontación están volviendo a despertar. La sociedad francesa, a pesar de los intentos del capital por acallar la disidencia, podría escenificar una nueva etapa de la lucha social. Como resuena la célebre frase de Marx y Engels, la historia de la humanidad sigue siendo la historia de la lucha de clases, y en Francia, esa narrativa está lejos de haber terminado.
