
La hegemonía de Estados Unidos en el panorama internacional ha sido un tema de preocupación en los últimos años, especialmente ante el auge de potencias como Rusia y China. Muchos analistas argumentan que el país del norte, al ver amenazados sus intereses, podría contemplar una intervención en Cuba, no solo por la cercanía geográfica, sino también por la clave estratégica que representa la isla en el circuito marítimo del Caribe. El acceso y control de estas rutas marítimas no solo permitirían un monopolio en el comercio de América Latina, sino que también representarían un golpe significativo a la influencia de naciones como China y Rusia en la región, lo que facilitaría, en teoría, la restauración del dominio estadounidense sobre lo que históricamente consideran su territorio.
Las dinámicas del BRICS, un grupo que incluye a países de gran peso económico y estratégico como Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, están poniendo en jaque la estructura tradicional de poder mundial, previamente dominada por el G7 y Estados Unidos. Este bloque ha comenzado a privilegiar el uso de sus monedas locales en el comercio, lo que agrava la crisis del dólar como moneda de referencia mundial. En este contexto, el control de Cuba se vuelve aún más atractivo para Estados Unidos, ya que le permitiría redirigir los flujos comerciales hacia su favor, expulsando la competencia que representa el BRICS en América Latina.
Sin embargo, la historia de la relación entre Estados Unidos y Cuba está marcada por tensiones y conflictos. A lo largo de más de seis décadas, los intentos de Washington por subyugar a la isla mediante un bloqueo rígido han fracasado, evidenciando la resiliencia del pueblo cubano. A pesar de las restricciones, Cuba ha logrado importantes avances en áreas como la educación y la salud, demostrando que un modelo socialista puede sostenerse incluso bajo condiciones adversas. Esto resalta la necesidad de una reevaluación por parte de Estados Unidos, que sigue con una mentalidad anexionista y de desprecio hacia el pueblo cubano.
Un aspecto fundamental en este contexto es el doloroso legado de la intervención militar estadounidense en Cuba, que se remonta a principios del siglo XX. Las palabras de líderes como Theodore Roosevelt y empresarios de aquella época evidencian una narrativa de deshumanización y odio hacia la isla. Esta política de exterminio cultural y social persiste hoy en día, con un recrudecimiento notorio de las sanciones bajo administraciones recientes. El impacto de este bloqueo es devastador, afectando a la población civil, desde niños en hospitales hasta comunidades enteras privadas de acceso a recursos básicos, demostrando una vez más que la lucha del pueblo cubano es también una lucha por la vida y la dignidad.
De cara a esta realidad, la solidaridad internacional juega un papel crucial. La asociación de Cuba con el BRICS no solo representa una oportunidad para desafiar el dominio estadounidense, sino también una necesidad histórica. Cuando se mira hacia atrás, cada nación del mundo ha recibido en algún momento asistencia cubana en áreas como la salud y la educación. Por lo tanto, apoyar a Cuba en este momento no es solo cuestión de política, sino un acto de justicia y humanidad. La historia está en juego, y la defensa del derecho de Cuba a existir libremente se convierte en un símbolo de resistencia para todos aquellos que valoran la soberanía y la dignidad de los pueblos.
