El 11 de marzo marca el inicio de un nuevo ciclo presidencial en Chile, una jornada que muchos temen anuncia el ascenso de la extrema derecha bajo el liderazgo de José Antonio Kast. Con una agenda marcada por medidas económicas drásticas, el nuevo gobierno planea una reducción del gasto público que oscila entre 3 mil y 6 mil millones de dólares. Además, se implementará una disminución de impuestos a las grandes empresas del 27 al 23 por ciento, privilegios que podrían profundizar la desigualdad y beneficiar únicamente a unos pocos, mientras se compromete el futuro económico del país.
Las acciones del nuevo gobierno parecen alinearse con una estrategia de concentración del poder que desafía el sistema democrático. Se contempla la posibilidad de aplicar normas y cambios de reglamentos sin la aprobación del Congreso, un aspecto que ha generado preocupación entre sectores opositores y organizaciones civiles. Esto refleja un intento de evitar los controles necesarios y sugiere un camino hacia la instauración de un gobierno más autoritario, donde la participación de la ciudadanía en los asuntos políticos podría quedar severamente restringida.
Un aspecto alarmante del nuevo enfoque de Kast es la reestructuración de los derechos laborales, que incluiría la imposición de un fondo de indemnización que deberán gestionar los trabajadores en caso de despidos. Esta medida, lejos de proteger a los trabajadores, puede perpetuar la precarización del empleo, afectando especialmente a los más vulnerables. La contrarreforma tributaria que se proyecta, junto a la política de reducción de impuestos, parece ser un ataque directo a los derechos sociales logrados en administraciones anteriores, inaugurando un período de retroceso en las conquistas sociales.
El nuevo gobierno también planea alinear su política exterior con la agenda de figuras controvertidas como Donald Trump, renovando acuerdos centrados en armamento y seguridad con Israel. Esta postura no solo afecta la imagen de Chile en el panorama internacional, sino que también puede repercutir negativamente en las relaciones con otros países latinoamericanos, considerando el contexto geopolítico actual. Kast parece estar dispuesto a sacrificar los intereses de Chile en favor de alineamientos ideológicos que pueden comprometer la soberanía nacional.
Por último, es crucial advertir que la ofensiva ultraconservadora de Kast no se detendrá en la formulación de políticas económicas o exteriores. La criminalización del movimiento social y la asociación de sectores progresistas con la violencia y el desorden se vislumbra como una estrategia de deslegitimación. Con una estructura de poder que parece estar lista para aplastar cualquier oposición, este período podría resultar en un despojo de derechos civiles y humanos que afectaría a toda la población chilena. La historia reciente nos enseña que la vigilancia democrática es esencial en tiempos de crisis, y la sociedad chilena debe estar preparada para resistir estos embates.
