
La reciente aparición de un Diego Maradona sintético promoviendo apuestas en línea durante la próxima Copa Mundial de 2026 ha generado un intenso debate en Argentina sobre la ética detrás del uso de la imagen y voz de figuras icónicas fallecidas. En el controversial anuncio de BetWarrior titulado «Gente con pelotas», la recreación digital del legendario futbolista argentino aparece haciendo un llamado a la valentía y el orgullo a través de un mensaje que vincula estas cualidades con el acto de apostar. Sin embargo, surge la inquietante pregunta: ¿quién controla la voz de un ícono que ya no puede dar su consentimiento? En un momento en que se intensifica la cultura de las apuestas, la intersección de los intereses familiares, corporativos y sociales plantea desafíos legales y éticos sin precedentes, que van más allá del simple uso de derechos de autor.
Al escuchar la voz de Maradona, reconstruida mediante inteligencia artificial, resuena un pasado que evoca tanto nostalgia como controversia. La letra del anuncio se apropia del lenguaje de lucha y desafío que caracterizó al futbolista, transformando un acto de apuesta en una declaración de identidad nacional. Sin embargo, la esposa, hijos y otros familiares no pueden cuestionar el contenido del mensaje, ya que su consentimiento ha sido solicitado y aparentemente otorgado para el uso de su imagen y voz. A pesar de las cuestiones legales que cubren el uso de la imagen póstuma en Argentina, la naturaleza del nuevo contenido generado por IA plantea interrogantes sobre la autenticidad, el consentimiento y los límites derechos a la representación.
El alcance del anuncio va más allá del mero patrocinio; busca insertar la cultura de las apuestas en el tejido de la identidad argentina con un ícono que representa la complejidad de la lucha social, la clase y la esperanza en el deporte. Los mensajes que se emiten no solo son comercializables; también son divisivos. En un país con cifras alarmantes de jóvenes involucrados en el juego —donde cada cuatro adolescentes está expuesto a apuestas, a pesar de las restricciones legales—, el uso de Maradona como voz para fomentar estas actividades se siente como una traición a su legado. Fue un símbolo de resistencia, pero ahora su imagen es utilizada como un vehículo para promover un negocio controvertido y potencialmente perjudicial, que puede hacer eco entre las generaciones más vulnerables.
La cuestión del consentimiento se convierte en el eje de esta discusión. Juan Gustavo Corvalán, director del Laboratorio de Inteligencia Artificial e Innovación de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, subraya una preocupación crucial: ¿qué implicaciones tiene permitir que los herederos autoricen el clon digital de Maradona para distorsionar la memoria colectiva? Aunque las familias poseen legalmente los derechos comerciales, el legado y la memoria de Maradona pertenecen a la nación argentina. Los acuerdos de licencias no deberían otorgar permiso ilimitado para moldear la voz de un ser querido ni sus opiniones. La creación de una imagen digital que puede comunicar ideas y emociones asociadas a una figura completamente fallecida requiere un marco más robusto de protección.
Finalmente, la situación resalta la necesidad urgente de establecer regulaciones adecuadas que aborden no solo la reproducción de imágenes o voces, sino también el impacto psicológico y social de tales manipulación. La inteligencia artificial mejora cada vez más en su capacidad de crear réplicas fascinantes, y esto brinda a las corporaciones un poder sin precedentes para definir cómo sus otros legados son recordados. La voz de Maradona, aunque artificial, tiene el potencial de influir en las decisiones de consumo y la cultura de apuestas, planteando así un dilema sobre cómo la historia y la memoria pueden ser moldeadas por intereses corporativos. En el fondo, la pregunta persiste: ¿quién responde cuando una figura fallecida es utilizada para promover productos adictivos? En última instancia, si los muertos no pueden hablar, es el deber de los vivos proteger su legado.
