A medida que se acerca el calendario electoral en Chile para noviembre de 2025, el discurso político se agudiza y la necesidad de una preparación seria ante los desafíos que enfrenta la democracia chilena se torna más evidente. Hernán González, profesor de Valparaíso, destaca la urgencia de no caer en la complacencia frente a un sistema que, bajo la superficie, acumula tensiones que amenazan la estabilidad. En lugar de sacarle cuentas alegres a un posible triunfo, el momento demanda una fuerte movilización de las masas, así como una unidad sólida dentro de la izquierda. Solo a través de una crítica vehemente a la autocomplacencia se puede evitar el conformismo con un orden establecido que muchos consideran insostenible y perjudicial para el pueblo.

González señala que, aunque el camino hacia la unidad ha sido torcido y lo ha visto ceder terreno a chovinismos y ambiciones personales en el pasado, ahora se están gestando movimientos más amplios en torno a la primaria oficialista. La conciencia colectiva de que el bienestar de todos está en juego ha empezado a prevalecer, incluso entre los sectores más escépticos. Este cambio no es menor, puesto que el resultado de las elecciones podría marcar un retroceso drástico en los avances democráticos, considerando el contexto estatal y global en el que se desarrollan. La presión de un neoliberalismo cada vez más agresivo y sus consecuencias sociales se asoman a la vista de todos.

El panorama se complica aún más con el auge de la derecha y sus facciones internas, caracterizadas por un extremismo que se alimenta mutuamente. Desde Chile Vamos hasta los libertarios y socialcristianos, se torna evidente una lucha interna fiera por el dominio de la narrativa política. Esta guerra entre sectores de la derecha no solo genera desconfianza entre sus filas, sino que también evidencia una reacción alarmante contra los cambios propuestos desde la izquierda. La polarización que se manifiesta en el debate político puede ser un arma de doble filo; si bien debilita a la derecha, también plantea retos cruciales que deben ser resueltos por las fuerzas progresistas que se están uniendo.

El reto más grande que enfrenta la izquierda y, por ende, el conjunto de la sociedad, es la necesidad de transformar las condiciones que han permitido la normalización de la violencia y el desprecio por lo colectivo. Para González, el camino hacia la transformación social debe ser claro: construir un nuevo tejido social basado en el respeto y reconocimiento del trabajo, así como en la dignidad de cada ser humano. Además, deben cultivarse relaciones que promuevan un sentido de identidad y diversidad en lugar de divisiones y exclusiones. Esto no solo es un llamado a la acción, sino a redefinir lo que entendemos por progreso en el contexto actual.

Así, el reto más apremiante no radica únicamente en ganar elecciones, sino en desencadenar un proceso real de cambio social que desafíe las estructuras neoliberales que han mantenido a gran parte de la población en una situación de vulnerabilidad. González enfatiza que es fundamental que los partidos y movimientos de izquierda se dejen guiar por los intereses de las masas, y no por frías cifras encuestadas. En este sentido, la movilización debe ser entendida como un acto de resistencia y un paso hacia la construcción de un futuro más inclusivo que supere la mera celebración de victorias electorales, y en su lugar, plantee una lucha constante por los derechos y bienestar de toda la ciudadanía.