
Cuando me pidieron que diera un discurso improvisado ante un panel de tres desconocidos, el estrés agudo se hizo evidente en mi rostro. Este momento de tensión no solo fue una prueba personal, sino también parte de un estudio realizado por psicólogos de la Universidad de Sussex, que grabaron esta experiencia aterradora con cámaras térmicas. Según sus hallazgos, la temperatura de la nariz puede indicar niveles de estrés, y en mi caso, el enfriamiento se tradujo en un rostro visiblemente alterado a medida que me enfrentaba a la evaluación. Este enfoque innovador podría representar un avance en la investigación sobre el estrés y sus efectos biológicos en el cuerpo humano.
La metodología de la prueba fue impactante desde el momento en que entré a la sala. Después de un breve periodo de relajación, me encontré ante tres rostros desconocidos que formarían el panel de evaluación. Con solo tres minutos para preparar un discurso de cinco minutos sobre el «trabajo de mis sueños», sentí cómo la ansiedad se apoderaba de mí. Los científicos grabaron cada pequeño cambio en mi piel y, según ellos, mi nariz se volvió azul en la imagen térmica. Aquel instante de presión casi insoportable me llevó a hablar sobre mi anhelo de convertirme en astronauta, un intento por aprovechar la situación aterradora con un toque de creatividad y humor.
El experimento se llevó a cabo con 29 voluntarios, quienes, al igual que yo, experimentaron una drástica caída en la temperatura de sus narices entre 3 y 6°. Sin embargo, mi descenso fue de 2°, lo que reflejó un desvío del flujo sanguíneo hacia mis extremidades, un mecanismo de supervivencia natural. La profesora Gillian Forrester, principal investigadora del estudio, mencionó que mi experiencia como reportera pudo haberme entrenado para gestionar el estrés social, pero aun así, la respuesta fisiológica fue innegable. Este cambio en el flujo sanguíneo, evidenciado en las imágenes térmicas, resalta la estrecha relación entre el cuerpo y la mente y podría ayudar a entender mejor cómo lidiar con situaciones de alto estrés.
La segunda parte del experimento implicó una tarea aún más desquiciante: contar hacia atrás desde 2023 en intervalos de 17. Lamentablemente, mis habilidades matemáticas no eran suficientes ante la presión del panel, y cada error significaba comenzar de nuevo. La sensación de humillación se incrementaba con cada intento fallido y, aunque completé la tarea, el deseo de escapar de la sala era abrumador. Solo uno de los 29 participantes solicitó abandonar la prueba. Este retorno a la calma al final con ruido blanco contrasta con la agitación que sentí, subrayando el impacto psicológico que estas evaluaciones pueden tener en las personas.
Además del enfoque humano, los investigadores han comenzado a aplicar esta técnica en primates. Utilizar cámaras térmicas en santuarios de chimpancés y gorilas podría permitir a los científicos monitorizar el estrés en estos animales que a menudo provienen de contextos traumáticos. Marianne Paisley, investigadora de la Universidad de Sussex, sugiere que estas herramientas pueden ayudar a los grandes simios a adaptarse a nuevas situaciones sociales. Si la temperatura de sus narices cambia al ver imágenes de crías de chimpancé, esto podría ser un indicio de que están más tranquilos. Así, mientras mi experiencia fue incómoda, su contribución podría tener un impacto significativo en el bienestar de nuestros primos primates.
