
En el contexto actual del 1 de diciembre de 2025, el nuevo equilibrio de fuerzas a nivel mundial está reconfigurando las dinámicas de poder no solo en Europa, sino también en América Latina y en países como Chile y Canadá. Manuel Riesco, Vicepresidente de Cenda, plantea la urgencia de un debate nacional que permita determinar el interés estratégico de Chile frente a una realidad que cambia rápidamente. El conflicto en Ucrania –epicentro de este nuevo orden geopolítico– ha revelado las limitaciones de la hegemonía occidental y ha situado a Rusia en un papel de fuerza diplomática renovada, dispuesta a negociar en términos que beneficien sus intereses y solidifiquen su influencia en Europa. Este panorama desafía a los países latinoamericanos a reflexionar sobre su propio posicionamiento en relación a las grandes potencias emergentes.
La perspectiva de Riesco también ilumina el hecho de que la historia ha colocado a América Latina en un cruce de caminos, donde las decisiones que se tomen ahora definirán su futuro. La transición desde un modelo colonial hacia economías más modernas, como lo experimentó Chile en el siglo XX, exige que los países de la región busquen una integración más profunda y efectiva que les otorgue una voz en el nuevo orden global. La dependencia de un solo bloque de poder, como ha sido el caso de la influencia estadounidense en las últimas décadas, podría resultar desventajosa. Así, la integración regional se presenta como un camino hacia una mayor soberanía y autonomía que permitiría a los países latinoamericanos enfrentar los retos planteados por la emergencia de potencias como China.
El debate sobre el nuevo equilibrio de fuerzas también subraya la necesidad de que América Latina reconozca su propia historia y su papel en el escenario internacional. Al entender los errores de cálculo estratégico que Occidente ha cometido en su relación con Rusia y la ineptitud que ha seguido durante años, los países de la región pueden aprender a navegar en un mundo donde el poder militar y diplomático de las grandes potencias ya no es tan predecible. Las lecciones aprendidas de la guerra en Ucrania deberían inspirar un análisis crítico de las políticas exteriores de cada nación, así como su lugar en un sistema global que se ha vuelto mucho más multipolar.
La situación actual también nos recuerda que si bien el cambio en la correlación de fuerzas plantea desafíos significativos, también abre oportunidades para que Chile y sus vecinos en América Latina alineen sus estrategias de manera más efectiva. La integración regional puede llevar a un mayor intercambio comercial y a la creación de alianzas que refuercen la posición de la región frente a las presiones externas. La prioridad debe ser construir una defensa común y fomentar un diálogo que priorice los intereses de cada país, evitando ser arrastrados por las agendas de potencias extranjeras. La cooperación en materia de seguridad, economía y diplomacia será crucial para navegar las turbulentas aguas de un orden mundial cambiante.
Finalmente, la invitación a un debate nacional sobre el interés estratégico de Chile y América Latina es más urgente que nunca. En un mundo donde la lección más importante parece ser la necesidad de prever y adaptarse a los cambios de madrugada, los países deben apoyarse en el análisis informado y la acción conjunta para evitar ser meros peones en el tablero de ajedrez geopolítico global. La soberanía en el siglo XXI requerirá de movimientos audaces y de una visión clara que priorice el bienestar de los pueblos de la región. La interdependencia económica y política con el resto del mundo es innegable, pero debería llevar a América Latina a una posición de fortaleza en lugar de vulnerabilidad.
