
El imperio, en su afán por mantener el control sobre los recursos de América Latina, opera de manera alarmantemente similar al narcotráfico. Utiliza tácticas de amenaza, soborno y ataques encubiertos para despojar a comunidades enteras de sus bienes colectivos. Esta realidad ha llevado a que conceptos como el narcocapitalismo y el capitalismo criminal se conviertan en sinónimos, evidenciando la grave situación social y económica que enfrentan muchos pueblos. Resulta crítico entender estas dinámicas no como facetas aisladas, sino como componentes interconectados de un sistema que busca perpetuarse mediante la opresión y el saqueo. La supervivencia colectiva de las comunidades está en juego, y no podemos darnos el lujo de ignorar las enseñanzas del pasado, donde la resistencia y la organización han sido clave para enfrentar adversidades históricas.
Los recientes acontecimientos en Venezuela, catalogados como un punto de inflexión, nos enfrentan a una nueva estrategia imperial que busca dominar sin fisuras. La administración Trump, más que un fenómeno aislado, representa los intereses de grandes corporaciones que han diseñado un plan para prolongar la hegemonía estadounidense, relegando a potencias emergentes como China y Rusia a un segundo plano. Esto no solo pone en jaque la soberanía de países latinoamericanos, sino que también sienta un precedente peligroso para la política internacional. La resistencia de los pueblos, organizada y cohesiva, será el factor decisivo para contrarrestar este embate y asegurar el acceso a sus recursos naturales y derechos fundamentales.
La dinámica actual de conflicto y dominación, sin embargo, no puede ser abordada de manera superficial. Estamos ante una tormenta que afecta a la humanidad en su conjunto, exacerbada por crisis ecológicas y luchas por el control de los recursos. Las advertencias del ejército zapatista desde 2015 sobre el ascenso del capitalismo agresivo se hacen más resonantes que nunca. Los movimientos sociales deben prepararse para enfrentar un enemigo que no solo es violento, sino que también se mueve estratégicamente para desarticular las luchas populares. La historia nos ha enseñado que las transiciones hegemónicas suelen venir acompañadas de conflictos devastadores, y los pueblos deben estar conscientes de este fenómeno para su propia supervivencia.
El contexto actual es desolador, pues organismos internacionales como las Naciones Unidas han perdido relevancia, dejando que la fuerza militar y la intervención armada marquen el rumbo de las relaciones internacionales. Este rediseño del mapa de poder global plantea interrogantes sobre nuestra capacidad de respuesta ante una inminente crisis humanitaria, que amenaza con ser de magnitudes nunca antes vistas. A medida que se intensifica la lucha imperial en nuestro continente, debemos asumir que las fronteras de la legalidad han desaparecido, y que en este escenario solo la organización popular puede ofrecer una salida viable hacia el futuro. La historia de resistencia de pueblos como Vietnam y Argelia nos enseña que la lucha por la soberanía y los derechos colectivos no conoce caminos fáciles, pero son necesarios.
A medida que avanzamos en esta tormenta que apenas comienza, la necesidad de estructurar refugios colectivos, arcas autónomas y mecanismos de autosuficiencia se vuelve apremiante. La equidad en el acceso al agua, alimentos y salud debe ser una prioridad ineludible en la construcción de alternativas frente a un orden mundial que se desmorona. No podemos esperar salvaciones externas; la clave de nuestro futuro depende de nosotros mismos. A pesar de las lecciones del pasado, es fundamental organizarse ante las adversidades venideras. Sin organización, los pueblos corren el riesgo de extinguirse, pero con la determinación y la unidad, hay posibilidades de resistencia. La vida misma está en juego, y no podemos jugar con la guerra.
