La influencia de los optimistas racionalistas se manifiesta de múltiples maneras en la conversación actual sobre el cambio climático. En el ámbito político y mediático, figuras del universo MAGA, como el secretario estadounidense Chris Wright, han sustituido el negacionismo clásico por posturas que minimizan la urgencia de la crisis climática. Wright, al afirmar que el cambio climático “no es tan importante”, encapsula una tendencia donde el cambio del discurso está guiado por una ideología que evita enfrentar la magnitud del problema. Esto se observa también en escritos de instituciones como el Council on Foreign Relations, donde se sugiere que el aumento de la temperatura global será inevitable y mayormente atribuible a los países en desarrollo. En este contexto, el eco de la complacencia ante un calentamiento de hasta 3 grados Celsius se convierte en un mantra repetido por los centristas, abriendo la puerta a la desresponsabilización y a la falta de acción real frente a la inminente catástrofe climática.

Andreas Malm y Wim Carton, en su obra «The Long Heat: Climate Politics When It’s Too Late», critican directamente a los optimistas racionalistas, quienes, con su fe en soluciones de mercado, parecen ignorar la realidad del colapso ambiental. Estos autores advierten que el peligro radica no solo en el negacionismo activo, sino en la creencia de que la tecnología, por sí sola, puede revertir los efectos del cambio climático. Ellos resaltan que el enfoque tecno-optimista desestima la complejidad real de los sistemas climáticos y subestima las dinámicas inherentes a la crisis ecológica, donde una vez que se desencadenan ciertos procesos, como el derretimiento de los glaciares, ya no existe un punto de retorno sin consecuencias devastadoras.

Malm y Carton postulan que el enfoque optimista hacia la geoingeniería y la remoción de carbono a gran escala es, en esencia, una ilusión. Considerando que las tecnologías de eliminación de dióxido de carbono (CDR) actuales son limitadas y poco efectivas, el libro desafía la noción de que la ciencia pueda ofrecer una solución mágica a un problema de tal magnitud. La dependencia de estrategias como la plantación de árboles apenas mitiga el problema, y la promesa de tecnologías innovadoras enfrenta desafíos críticos, tales como el uso del suelo y la rápida escalabilidad. A medida que las emisiones globales continúan aumentando, queda en evidencia que las soluciones propuestas no son solo insuficientes; también son peligrosas si se implementan sin un marco regulador adecuado.

La geoingeniería solar, presentada como una posible solución inmediata, se convierte en un campo de estudio distópico. Con el potencial de alterar el clima de manera rápida, esta tecnología conlleva riesgos significativos que podrían resultar en inestabilidad política y social. Malm y Carton argumentan que sería imprudente confiar en los seres humanos para manejar estas intervenciones tecnológicas sin un control riguroso. Este análisis alerta sobre la posibilidad de que las clases dominantes usen la geoingeniería como un método para mantener el control social, incluso mediante tácticas que podrían provocar severas tensiones geopolíticas y económicas entre naciones.

Finalmente, los autores subrayan que, aunque la calidad de las discusiones sobre clima ha incrementado, aún falta abordar la cuestión crucial de cómo enfrentar de manera efectiva el capitalismo fósil y sus altos niveles de emisiones. Malm y Carton demandan una reestructuración del marco regulatorio hacia la descarbonización a gran escala. La crítica central es que, sin la intervención directa del estado y la movilización de recursos públicos, las esperanzas que dependen exclusivamente del optimismo racionalista y soluciones de mercado se verán frustradas. Con un claro llamado a la acción, el libro nos confronta con la incómoda realidad de que el futuro del planeta requiere de decisiones difíciles y una resistencia enérgica a la complacencia en la respuesta al cambio climático.