El reciente comentario de Beatriz García-Huidobro, escritora y editora de Santiago, ha reabierto el debate sobre la representación de género y la capacidad de las mujeres en puestos de alta dirección. Durante una conversación, varios participantes lamentaron la destitución de dos ministras, sugiriendo que con el esfuerzo que costó su ascenso al poder, fue una pena que no pudieran aprovechar la oportunidad. Sin embargo, al analizar esta situación, surge una pregunta inquietante: ¿fue realmente un fracaso de las ministras o una estrategia deliberada para perpetuar el control masculino en la política?

García-Huidobro señala que la crítica a la designación de estas funcionarias no radica en su valía personal, sino en su falta de competencias adecuadas para asumir los desafíos ministeriales. Esto apunta a una problemática mayor: ¿quiénes son realmente seleccionados para estas posiciones y con qué criterios? No se trata de desestimar las cualidades de las mujeres, sino de cuestionar el sistema que las elige sin una evaluación justa de sus capacidades. Así, el verdadero foco debe estar en el proceso de selección que, como plantea la autora, parece estar manipulado por intereses patriarcales.

En un contexto en el que las voces a favor de la paridad de género cobran fuerza, las estrategias para mantener el status quo se muestran más evidentes. García-Huidobro critica la táctica de colocar a mujeres en posiciones de alto riesgo, donde su posible fracaso se utiliza como argumento para justificar su incapacidad inherente. Es un ciclo vicioso que perpetúa la idea de que los hombres son más aptos para guiar y dirigir, relegando a las mujeres a posiciones secundarias en las que se espera que ejecuten órdenes, en lugar de formular políticas y liderar proyectos innovadores.

El mensaje implícito que se desprende de estas dinámicas es profundamente desalentador: a las mujeres se les da acceso a ciertos espacios, pero están destinados al fracaso. Así se refuerza la noción de que, a pesar de sus esfuerzos, no están capacitadas para el poder real, mientras que los hombres, considerados naturalmente aptos, son quienes realmente manejan los hilos del aparato gubernamental. Esta narrativa no solo desanima a las nuevas generaciones de mujeres a aspirar a más, sino que además asegura la perpetuación de una cultura patriarcal que resulta destructiva tanto para ellas como para la sociedad en general.

En conclusión, la observación de García-Huidobro invita a una reflexión crítica sobre las estructuras de poder y las formas en que se perpetúan las desigualdades de género. El acceso de mujeres a posiciones de liderazgo no debería ser un acto simbólico, sino un compromiso real con la equidad. Para que esto suceda, es fundamental reevaluar quiénes ocupan los cargos de decisión y bajo qué criterios se les elige. Solo así se podrá construir un panorama donde la paridad de género no se vea como una amenaza, sino como una oportunidad para enriquecer la democracia y el desarrollo social del país.