En junio de 2023, el norte de Venezuela fue golpeado por una serie de devastadores terremotos de magnitudes 7,2 y 7,5, que resultaron en la pérdida de más de 6,000 vidas. Este trágico incidente causó un profundo impacto en la nación y generó una inquietud generalizada entre la población, así como una significativa cobertura mediática. La magnitud y la cercanía temporal de estos sismos dejaron a muchos preguntándose sobre la posibilidad de una conexión entre estos eventos y otros terremotos recientes en América del Sur, especialmente en Colombia y Perú.

Solo unas semanas después, el 10 de agosto, otro fuerte sismo de magnitud 7,4 sacudió el occidente de Colombia, reclamando más de 300 vidas. La ciudad de Pereira fue una de las más afectadas, sufriendo daños severos en su infraestructura. Este nuevo terremoto encendió aún más las especulaciones sobre si estos diferentes fenómenos sísmicos estaban interrelacionados, un tema que expertos como Rafael Abreu, geofísico del Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS), han abordado asegurando que no hay evidencia que conecte estos eventos, a pesar de la cercanía en el tiempo.

A finales de agosto, Perú también reportó un sismo de 7,2 en Ayacucho, aunque este no resultó en pérdidas humanas. A diferencia de los terremotos en Venezuela y Colombia, el seísmo peruano se caracterizó por su profundidad, situada en más de 100 kilómetros. Los expertos aclaran que, aunque todas las naciones comparten una alta actividad sísmica, las características de los terremotos son marcadamente diferentes y no comparten una conexión directa. Los terremotos en Venezuela, por ejemplo, ocurrieron en el margen tectónico entre la placa del Caribe y la placa Sudamericana, mientras que los eventos en Colombia y Perú sucedieron en la zona de subducción entre la placa de Nazca y la placa Sudamericana.

La interacción entre las placas tectónicas es esencial para entender por qué estos terremotos son diferentes. En Venezuela, el movimiento fue principalmente horizontal, lo que se conoce como «strike slip», mientras que en Colombia y Perú, las placas estaban en un proceso de subducción, lo que genera terremotos intraplaca a mayores profundidades. Esto indica que la energía liberada en cada caso se produce por mecanismos distintos y en contextos geológicos separados, lo que refuerza la noción de que no están relacionados entre sí. Es importante destacar que los terremotos intraplaca suelen generar menor intensidad en superficie en comparación con los sismos superficiales de magnitudes equivalentes.

A pesar de la percepción de un incremento en la actividad sísmica en Sudamérica, los expertos coinciden en que la sismicidad registrada se encuentra dentro de los parámetros normales. Las comunidades afectadas por estos recientes terremotos han enfrentado un desafío monumental en relación a la reconstrucción y la recuperación. Los especialistas alertan sobre la importancia de educación pública en temas sísmicos y de respuesta ante desastres, ya que, aunque los terremotos no estén interconectados, la población debe estar informada y preparada para enfrentar estos eventos naturales. La percepción errónea de un aumento de la sismicidad puede llevar a un pánico innecesario, cuando en realidad, este ciclo de actividad sísmica está alineado con las condiciones geológicas naturales de la región.