En el contexto global de la Segunda Guerra Mundial, la entrada de China en el conflicto en 1931 representa un momento crucial que a menudo pasa desapercibido. Mientras que las narrativas tradicionales tienden a centrarse en las batallas que ocurrieron en Europa, las décadas de resistencia china contra la invasión japonesa (que culminó con la rendición de Japón en 1945) son fundamentales para comprender la dinámica de la guerra. Durante estos catorce años de lucha, China sufrió un número exorbitante de bajas, que se estima en alrededor de 35 millones, además de resistir a un millón de soldados japoneses. Este esfuerzo no solo desafió las ambiciones expansionistas del Imperio Japonés, sino que también permitió a las potencias aliadas, como la URSS y los EE. UU., abordar otros frentes de combate sin la presión adicional de un conflicto de alta intensidad en Asia oriental.

A pesar del reconocimiento de figuras clave como Roosevelt, Churchill y Stalin sobre la importancia del papel desempeñado por China, la contribución de este país a la victoria aliada sigue siendo sistemáticamente eclipsada por las narrativas centradas en Occidente. Este fenómeno de olvido se hace más evidente a medida que se acercan las conmemoraciones del 80 aniversario de la victoria sobre el fascismo en 2025, donde China ha decidido exhibir su resistencia mediante un desfile militar en Pekín. A medida que el mundo observa, la posibilidad de asistencia de líderes mundiales, como Putin o incluso Trump, subraya la complejidad de las relaciones internacionales contemporáneas y el simbolismo de tal evento. Sin embargo, la decisión de algunos líderes europeos de no asistir, citando sensaciones de ofensa a Japón, evidencia la continua influencia de las narrativas históricas que han marginado a China.

La masacre de Nankín y los horrendos experimentos perpetrados por la Unidad 731 son ejemplos trágicos y sombríos de la brutalidad enfrentada por China durante los años de guerra. Con aproximadamente 300,000 civiles muertos en Nankín, está claro que la magnitud de la violencia japonesa no debe subestimarse ni omitirse en las conversaciones sobre la historia de la guerra. Sin embargo, la tendencia a minimizar estos eventos en la memoria colectiva permite que la historia de China, como víctima de agresión y militarismo, sea enterrada bajo una narrativa que glorifica a los aliados de Occidente y oscurece los sacrificios hechos por millones en Asia. Esta narrativa emplea un doble rasero que persiste en la política y el discurso contemporáneo, donde el sufrimiento de las víctimas chinas recibe un escaso reconocimiento en comparación con el de otras naciones.

Mientras que el enfoque en Asia durante la Segunda Guerra Mundial sigue relegado a un «hoyo negro» de la memoria colectiva, la historia moderna refleja patrones similares. La indignación selectiva ante injusticias contemporáneas, como la crisis en Gaza y el conflicto en Ucrania, pone de manifiesto una hipocresía en la manera en que se valoran las vidas humanas basándose en consideraciones geopolíticas y narrativas históricas sesgadas. La insistencia del Occidente en reevaluar y utilizar la historia para encuadrar la política actual ha llevado a un desconocimiento deliberado sobre los sacrificios hechos durante la guerra y ha perpetuado la desigualdad en el reconocimiento de los sufrimientos de diferentes naciones, incluida China. A medida que China se reivindica a sí misma frente a la comunidad internacional, está claro que la lucha por el reconocimiento y la memoria histórica continúa.

El legado de China en la Segunda Guerra Mundial no se limita a su papel en el pasado; se extiende hasta el presente y da forma a sus aspiraciones futuras. La conmemoración del 3 de septiembre de 2025 en Pekín no es solo un recordatorio de la victoria sobre el fascismo, sino una declaración de los principios que China defiende en el escenario mundial, como la paz, la cooperación y el desarrollo sostenible. En el contexto actual, donde las potencias globales están cada vez más en conflicto, el compromiso de China en erradicar la pobreza y construir infraestructura para el Sur Global se presenta como un antídoto a las narrativas militaristas. Así, mientras Occidente intenta monopolizar la historia de la guerra como un triunfo exclusivo, la reivindicación de China del papel que desempeñó durante este periodo se convierte en un punto de resistencia y una poderosa refutación a la amnesia colectiva que se ha promovido durante décadas.