
El gobierno chileno se encuentra en el centro de una intensa controversia tras anunciar la posibilidad de indultar a uniformados que participaron en la represión de las manifestaciones del 2019, en las cuales se registraron múltiples violaciones a los derechos humanos. Esta decisión ha desencadenado una operación comunicacional que intenta justificar las acciones de militares y policías, alegando que estos actuaron «en defensa de la Patria». Este giro en la narrativa del gobierno genera alarmas sobre un posible retroceso en el respeto y la promoción de los derechos humanos en el país.
En un contexto donde las organizaciones de derechos humanos han denunciado la sistematicidad de las violaciones sufridas por ciudadanos durante la revuelta social, la designación de Gloria Naveillán, una figura del Partido Nacional Libertario, como presidenta de la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara Baja, alimenta aún más la preocupación por la institucionalidad y el compromiso del gobierno con la defensa de los derechos fundamentales. Esta situación arroja sombras sobre la independencia del poder legislativo y plantea interrogantes sobre la verdadera voluntad del Estado chileno para abordar su pasado reciente.
Adicionalmente, se ha observado un intento de desmantelamiento de los mecanismos de vigilancia de derechos humanos, destacando el retiro de la Contraloría General de la República del Tercer Plan Nacional de Derechos Humanos 2026-2029. Esta acción no solo perjudica los esfuerzos de protección y promoción de los derechos, sino que también sugiere un regreso a políticas impunes respecto a los crímenes cometidos por agentes del Estado. Los esfuerzos del gobierno de Kast parecen consolidarse en una retórica que busca absolver a los responsables de abusos, desvirtuando así el trabajo de la justicia.
La tentativa de modificar las condiciones carcelarias para violadores de derechos humanos durante la dictadura añade otra capa de complejidad a la ya tensa situación. Los partidos que respaldan al gobierno parecen estar funcionando como un frente unido para debilitar las garantías que protegen a los ciudadanos y permitir un mayor grado de impunidad. Este desarrollo es fundamental para comprender el clima de temor que se está instalando en la sociedad chilena, donde la criminalización de las protestas sigue creciendo y la vigilancia sobre las fuerzas del orden se diluye.
Frente a esta grave situación, es imperativo que los sectores democráticos, progresistas y transformadores se unan en una lucha sin cuartel por la defensa de los derechos humanos. La posibilidad de un retroceso en los logros alcanzados en esta materia es una amenaza que no se puede ignorar. La defensa de la vida, la democracia y la paz debe estar en el corazón de la agenda pública, con un firme compromiso de reclamar los derechos de todos los ciudadanos y exigir que las Fuerzas Armadas y Carabineros se abstengan de repetir episodios de represión como los vividos en décadas anteriores.
