La revolución del siglo XXI, según el análisis del político francés Jean-Luc Mélenchon en su libro «¡Ahora el Pueblo! Hacia la revolución ciudadana», se presenta como una manifestación ciudadana que busca expresar la soberanía del pueblo. Con un enfoque claro en la evolución de esta revolución, se establecen tres fases nítidas: la fase instituyente, la fase destituyente y, por último, el periodo constituyente. Cada una de estas fases refleja un crecimiento cualitativo en el ejercicio de la soberanía popular, proponiendo un modelo de transformación basado en la movilización ciudadana frente a un sistema político tradicional considerado excluyente y obsoleto.

Mélenchon, quien ha sido un influyente líder de la izquierda francesa y ha cuestionado la deriva neoliberal del socialismo en Francia, plantea que la actualidad política de su país está marcada por una desintegración de los grandes partidos tradicionales, un fenómeno observable en muchos contextos globales. En este sentido, el surgimiento de movimientos como La Francia Insumisa representa no solo la búsqueda de un nuevo paradigma político, sino también una respuesta a la crisis de representación y a la necesidad de un cambio radical en la forma en que se concibe la política y la participación ciudadana.

La revolución, dice Mélenchon, se instituyó formalmente en el siglo XX y ha sido entendida como un fenómeno que desafía la democracia representativa al criticar tanto el liberalismo económico, que perpetúa la desigualdad, como el aislamiento de las voces populares. En este marco, el autor cita obras fundamentales que han estudiado la revolución desde diferentes ángulos, desde Lenin y Trotsky hasta pensadoras contemporáneas como Hannah Arendt, reafirmando la necesidad de reexaminar el concepto de revolución en el contexto actual, donde la violencia y la política parecen haberse distanciado.

El análisis de Mélenchon involucra también una redefinición de los conceptos de «población» y «pueblo». En su visión, la población se transforma en pueblo a través de la movilización urbana y el ejercicio de la soberanía. La participación activa de los ciudadanos se convierte en esencial para dar voz a sus reclamos y necesidades, representando un primer paso hacia el cambio estructural. La fase instituyente, por lo tanto, se manifiesta en una serie de demandas cívicas que surgen, a veces, de eventos fortuitos que movilizan a las masas.

Finalmente, el autor destaca la importancia de la tercera fase: el periodo constituyente, donde se busca la creación de una nueva constitución que refleje verdaderamente los intereses y derechos del pueblo. En este sentido, la experiencia reciente de Chile tras el estallido social de octubre de 2019 proporciona un marco de referencia sobre cómo se puede romper el dique de la institucionalidad y avanzar hacia un nuevo pacto social. En tiempos donde el discurso revolucionario vuelve a cobrar relevancia, la reflexión sobre la necesidad de una revolución, tal como la plantea Mélenchon, es no solo urgente, sino vital para forjar un camino hacia una nueva civilización más justa y equitativa.