
En el actual escenario de conflicto que se vive en San Antonio, donde aproximadamente 4.000 familias han ocupado un terreno privado, se pone de manifiesto la complejidad de las luchas por la vivienda en Chile. La situación se ha visto agravada por la reciente aprobación de la denominada «Ley Maldita», que otorga poderes a los propietarios para desalojo en casos de usurpación. Esta ley ha generado una ola de indignación entre los sectores más vulnerables de la población, quienes argumentan que el derecho a la propiedad no debería estar por encima del derecho a un techo digno, especialmente en un país con altos índices de desigualdad social.
Históricamente, las ocupaciones de terrenos en Chile, conocidas inicialmente como Poblaciones Callampas, tienen sus raíces en el éxodo masivo de campesinos hacia las ciudades, el cual comenzó en la década de 1940. Los pueblos emergidos de estas tomas, como la Legua La Vieja, surgieron como respuesta a la pobreza y marginación que sufrían en el campo. Con el objetivo de escapar de un sistema agrario opresor, miles de familias comenzaron a asentarse en terrenos improductivos, creando centros urbanos donde antes no existían.
El Partido Comunista, tarde en tomar conciencia de esta crisis habitacional, estableció el Comando Provincial de Pobladores para organizar estas tomas de terreno, buscando no solo un lugar donde vivir, sino también el desarrollo de una infraestructura urbana adecuada. A partir de esta movilización, en 1956, se produjo una emblemática toma que dio paso a la población La Victoria, donde la cultura de la organización y la lucha colectiva se hizo evidente. El site fue diseñado inicialmente como un modelo de urbanización, pero rápidamente se adaptó a la realidad de que muchas familias necesitaban refugio inmediato.
El trabajo de organizaciones como la COU (Corporación de Obras Urbanas) fue fundamental durante estos procesos, ya que permitieron realizar obras de urbanización esenciales, utilizando la mano de obra de los propios pobladores. Este modelo no sólo mejoró las condiciones de vida en los campamentos, sino que también fomentó un sentido de comunidad y empoderamiento entre los habitantes. Celebraciones y fiestas comunitarias eran frecuentes cuando se alcanzaban hitos importantes, promoviendo una cultura de trabajo colaborativo que sentó las bases para la normalización de estos asentamientos.
Hoy, se vuelve crucial recordar y reflexionar sobre este pasado, sobre las conquistas logradas a través de la organización y la lucha, para abordar de manera justa y equitativa la crisis habitacional actual. A medida que el conflicto en San Antonio se intensifica, muchos actores sociales y políticos reafirman su compromiso de defender el derecho a una vida digna. En un contexto en donde las leyes parecen favorecer los intereses de unos pocos, se hace indispensable alzar la voz por aquellos que solo buscan un lugar donde vivir en paz y con dignidad.
