
La movilidad en nuestras ciudades se ha transformado mucho, sobre todo desde comienzos del siglo XX. Pasamos de desplazarnos lo poco que necesitábamos en nuestro día a día y que nuestros propios pies o los modos de tracción animal nos podían proporcionar, a traslados muy extensos y dependientes de modos de transporte cada vez más sofisticados.
Esto ha supuesto también una fuerte transformación morfológica en nuestras ciudades, partiendo desde sus tamaños, sus densidades demográficas, sus usos de suelo y sus servicios, siendo tal vez uno de los elementos más impactantes, el hecho de que han crecido y siguen creciendo de manera violenta, representada por las estadísticas de fallecidos y lesionados por eventos de tránsito, y que hoy en día requieren una nueva perspectiva en cuanto a su planificación y organización se trata.
No se puede pensar en movilidad sin tener que referirse a una infinidad de aspectos que la conforman: desde la planificación urbana y el uso de suelo, hasta la tecnología aplicada en sistemas de transporte colectivo y gestión del tránsito, tránsito que se complica con el crecimiento del parque automotor privado, especialmente en ciudades que se han demorado en entender cómo controlarlo y qué medidas se deben tomar para no depender de su uso como elemento primario.
Y es justamente ese desarrollo basado en el vehículo particular el que complejiza la movilidad y la gestión de los traslados, repercutiendo en la calidad de vida de las personas; desde los conductores que pierden días de su vida debido a problemas de salud física y mental, hasta los peatones que tienen que sortear un sinfín de obstáculos y riesgos, siendo estos los más vulnerabilizados de toda la cadena de la movilidad y quienes deberían tener más prioridad y respeto justamente por su exposición a esos riesgos, y cuyas condiciones pueden mejorar sustancialmente con cambios sencillos a la infraestructura y a la organización de sus traslados.
Las ciudades que han tomado decisiones políticas duras para enfrentar los problemas anteriormente descritos, han invertido mucho tiempo, esfuerzo y recursos en planificar ciudades para generar mejores condiciones en el presente, pero con vista hacia el futuro y cómo este puede transformarse de manera beneficiosa para sus habitantes, desligándose de la dependencia por el vehículo propio y pasando a priorizar los sistemas de transporte público, los modos de transporte no motorizados con la bicicleta como principal representante, y dar prioridad a los peatones y su seguridad en el diseño de infraestructura segura, sistemas de gestión de tránsito y control.
El uso de tecnología es también una estrategia valiosísima para la mejor planificación de la movilidad, y en este caso, los mejores ejemplos se ven en sus diversas aplicaciones, como son: los aplicativos digitales para el recaudo y operación de sistemas integrados de transporte, interoperabilidad con sistemas complementarios, sistemas de bicicleta pública, scooters compartidos, transporte de carga y mudanza, sistemas semafóricos adaptativos, sistemas de control y gestión de la velocidad, reporte de incidencias y siniestros, sistemas de wayfinding y mapeo, sistemas de estacionamiento tarifado rotativo automatizados, por nombrar algunos. Cambiando por completo la experiencia de los usuarios, su percepción de seguridad y eficiencia, su exposición a riesgos y su calidad de vida como resultado final.
Como conclusión, podemos identificar una tendencia creciente muy evidente por pasar a una movilidad más segura, sostenible y tecnológica, en la que se pueda explotar su completo potencial para mejorar la vida de las personas, y reducir la carga negativa que afecta su día a día, y hacer sus traslados más seguros, cómodos y menos dependientes de elementos que anteriormente se consideraban indispensables, pero que ahora, como planificadores urbanos, técnicos, ingenieros y expertos, nos damos cuenta de que deben ser replanteados y acompañados de voluntades políticas potentes y estrictas para lograr conseguir ciudades sostenibles a futuro, a través de la implementación de más redes de infraestructura ciclista y de micromovilidad, mejoramiento en las redes de transporte colectivo y su cobertura hacia áreas de acceso marginado, implementación de estrategias de pacificación vial sobre todo en puntos conflictivos, zonas escolares y hospitalarias y entornos residenciales, disminución de los anchos de los carriles de tránsito para vehículos particulares, inclusión de carriles exclusivos para autobuses y generación de redes de infraestructura peatonal con accesibilidad universal, libres de obstáculos y riesgos para fomentar la caminabilidad.
Por: Fernando de la Torre
