En el desplomado Edificio Tahití, la desesperación de la familia de Fabio es palpable. Trece días después de los devastadores terremotos de magnitudes 7.2 y 7.5 que sacudieron a Venezuela, no hay grúas ni maquinaria en la escena del desastre y la búsqueda de su hijo de nueve años continúa. Mientras el tiempo avanza, la angustia crece. A medida que se desmoronan las esperanzas, la familia y un pequeño grupo de vecinos se aferran a la posibilidad de encontrar los cuerpos atrapados entre los escombros. La situación se agrava, pues la ausencia de equipos especializados ha dejado a las familias en un estado de inacción, clamando por ayuda que parece no llegar.

Las labores de rescate, que inicialmente involucraron a equipos internacionales de 31 países bajo la coordinación de la ONU, han sido disminuidas a esfuerzos de desescombro. La falta de maquinaria pesada es un obstáculo significativo. Aloa González, que busca a su hermana, expresa su frustración: «No es posible que en todos estos días 22 personas estén allí y no se ha podido sacar una sola». A pesar de su propio dolor y de haber perdido a sus padres, González sigue buscando a su hermana, convencida de que cada minuto cuenta y que su familia necesita un cierre. El deterioro emocional y la incertidumbre se suman a la falta de recursos.

El padre de Fabio, Francisco Bastardo, manifesta una tenaz determinación mientras describe a su hijo como un niño alegre e inteligente, que amaba la astronomía. «Creo que ya nos falta poquito», dice mientras avanza entre los escombros. La familia ha logrado identificar el cuarto donde creen que está Fabio, trabajando minuciosamente para recuperar lo poco que queda de su hogar. A pesar de la adversidad, la familia ha tenido algunos momentos importantes, como encontrar el maletín que su padre le había regalado. Sin embargo, el calor del sol de La Guaira añade un desafío adicional y apenas tienen algunos colchones y botellas de agua para su sustento.

La situación se vuelve más crítica a medida que la devastación del doble terremoto se hace evidente. Con más de 3,500 muertos y más de 16,740 heridos, miles de personas han quedado sin hogar y muchos edificios han colapsado por completo. La tarea de desescombro es monumental y se prevé que tome mucho tiempo. Aloa González se siente “privilegiada” por haber podido enterrar a sus padres, a pesar de la tragedia que enfrenta ahora con su hermana. Esta experiencia ha sido desgastante, tanto emocional como físicamente, y subraya la falta de apoyo en una situación tan grave.

El clamor de los vecinos por más maquinaria y ayuda humanitaria es urgente. Como señala González, las opciones son escasas para quienes no pueden permitirse la contratación de maquinaria pesada, que podría facilitar el rescate de los cuerpos. La comunidad se encuentra en un estado de incertidumbre mientras esperan acciones concretas del gobierno y de organismos internacionales. «Hemos tenido que pasar el calvario de velar aquí a nuestros muertos». Con el tiempo corriendo en su contra, las familias de quienes permanecen atrapados continúan esperando una respuesta que les permita finalmente dar sepultura a sus seres queridos.