Karina Blanco estaba a punto de comenzar su clase de spinning cuando la tierra comenzó a temblar. Las sacudidas, cada vez más intensas, la llevaron a actuar inmediatamente, agarrando su bolso y saliendo corriendo hacia el exterior junto con otros alumnos. En ese momento, su única preocupación era su hija Fabiana, de 12 años, quien se encontraba en casa. Los potentes terremotos que azotaron Venezuela el 24 de junio dejaron una marca imborrable en el país, siendo el segundo sismo de magnitud 7.5 uno de los más devastadores de un siglo, convirtiendo edificaciones en escombros en cuestión de segundos.

Al llegar a su edificio en Caraballeda, Karina quedó paralizada ante la vista de lo que había sido su hogar. “Vi un edificio, luego un hueco donde antes estaba el mío y, a continuación, otro edificio”, relató con angustia. Fabiana estaba en el dormitorio justo cuando empezaron los temblores; reaccionó corriendo hacia la cocina, pero las paredes comenzaron a desmoronarse. La fuerza del colapso la derribó, y en medio del caos, sus pensamientos oscilaron entre la desesperación y el miedo: la angustia de sentirse atrapada y sola.

Desde el exterior, Karina aguardaba con el corazón en la mano durante 32 horas, observando cómo la mitad de la cama de su hija sobresalía entre los escombros. El silencio abrumador bajo la ruina contrastaba con el grito desgarrador de una madre que temía lo peor. “Está muerta. Mi hija está muerta”, repetía, sumida en una montaña rusa de emociones. Sin embargo, Fabiana, atrapada pero viva, se aferraba a una calma extraña mientras lidiaba con su propia angustia, moviendo escombros a su alrededor en un intento desesperado por liberarse.

Las horas transcurrieron y la esperanza parecía desvanecerse. Sin embargo, el destino dio un giro inesperado cuando una enfermera, que también había quedado atrapada, comenzó a buscar supervivientes. La casualidad hizo que Fabiana respondiera, y esa pequeña chispa de esperanza fue suficiente para encender el ánimo de Karina. Con el apoyo de rescatistas y voluntarios, se organizaron esfuerzos para llegar hasta la niña. Karina, entre la desesperación y la fe, gritaba el nombre de su hija mientras la comunidad se unía en una cadena de ayuda.

Finalmente, tras horas de arduo trabajo, se logró abrir un túnel lo suficientemente grande como para rescatar a Fabiana. El momento del reencuentro fue capturado en un video que pronto se volvería viral, mostrando la alegría deFabiana al ver a sus rescatistas. Una vez liberada, se desplomó en los brazos de su madre, un momento lleno de emoción que representó la victoria sobre la tragedia. Mientras el país lidia con la devastación que dejaron los terremotos, Karina expresa su gratitud por tener a su hija viva: «¿Qué más puede desear una madre? Mi hija está viva», un testimonio del sufrimiento y la resiliencia de un pueblo que aún llora a sus víctimas.