
El triunfo electoral del fascismo en Chile, encabezado por José Antonio Kast, no es simplemente un fenómeno aislado, sino más bien la culminación de una serie de crisis estructurales que han sacudido las bases del capitalismo neoliberal. Desde el estallido social de octubre de 2019, cuando el pueblo chileno clamó por cambios profundos en la sociedad, se evidencia una desconexión entre las promesas de la democracia y las realidades de desigualdad, lo que ha facilitado el resurgimiento de tendencias autoritarias bajo un nuevo manto. En este sentido, el ascenso de Kast no es solo un retroceso, sino un claro mapa de las tensiones existentes en la sociedad chilena, donde las demandas de justicia social han sido sistemáticamente desatendidas, creando un caldo de cultivo ideal para el fascismo.
El contexto latinoamericano juega un papel crucial en esta re-emergencia del fascismo, pues en países como Argentina y Brasil, hemos visto el ascenso de figuras políticas que, a través de estrategias de marketing político sofisticadas, han logrado resonar con un electorado desencantado. Javier Milei en Argentina, junto a Kast en Chile, representan una nueva ola de líderes que, lejos de recurrir a la violencia física, han encontrado en las redes sociales y la desinformación una eficaz herramienta para conquistar las urnas. Este fenómeno pone de manifiesto la vulnerabilidad de las democracias posneoliberales, donde los discursos de odio y la polarización han encontrado un terreno fértil para prosperar.
En este nuevo escenario político, es fundamental examinar el concepto de Ur-Fascismo de Umberto Eco, que nos permite identificar rasgos característicos de estas formaciones autoritarias. En Chile, la retórica racista y nacionalista ha recogido impulso, enfocándose en los pueblos indígenas y, de manera creciente, en las comunidades inmigrantes. La legitimación de tales discursos por parte del gobierno de Kast no solo responde a una estrategia electoral, sino que también refleja una profunda crisis de identidad social, donde el miedo y la exclusión encuentran un eco en sectores amplios de la población, dispuestos a abrigar discursos que prometen una supuesta seguridad a costa de la diversidad.
A medida que el neoliberalismo se revela incapaz de proporcionar consensos genuinos o solucionar las profundas desigualdades, el discurso fascista apela a los prejuicios y fomenta la ignorancia. La manipulación mediática y las campañas de desinformación, características de la nueva derecha global, han aislado a sectores marginados, transformándolos en objetos de control político. Este uso estratégico de la emoción, como destacado en las campañas de Kast, refleja un entendimiento preciso de cómo movilizar a las masas a favor de una agenda que, bajo una fachada de promesas populistas, oculta intenciones represivas que responden a intereses económicos específicos.
Finalmente, ante esta sombría realidad, es imperativo destacar que la superación del fascismo no será resultado de gestos superficiales o consensos vacíos. La historia ha demostrado que las transformaciones más significativas surgen del trabajo organizado de las clases populares y su capacidad de resistir. En este contexto, la reconstrucción de una conciencia de clase es esencial, marcando la única vía posible hacia un cambio social real que priorice la dignidad humana y la justicia, superando así la lógica perversa del capital. Con el trasfondo de un Chile inmerso en contradicciones y luchas, el futuro se abre a la posibilidad de nuevas formas de resistencia y organización popular que redefinirán el camino hacia la democracia y la equidad.
