
El actual fascismo, aunque diferente en forma respecto a sus precursores del siglo XX, muestra un desprecio alarmante por la educación y los espacios de aprendizaje. Del mismo modo que las dictaduras del pasado utilizaron las instituciones educativas como herramientas de control y adoctrinamiento, el fenómeno contemporáneo se distingue por su tendencia a ver a las escuelas como focos de pensamiento subversivo. En lugar de ser lugares donde se fomenta la reflexión y el diálogo, se perciben como entornos donde se difunden ideas que perturban la adaptación de los individuos a una realidad caótica y violenta, reflejando un profundo escepticismo sobre la capacidad de la educación para transformar positivamente la sociedad.
Este nuevo fascismo no se conforma con el pesimismo de sus antecesores, que veían la educación como un medio para disciplinar cuerpos y mentes, sino que lo sobrepasa al ignorar la relevancia de la escuela en la formación de ciudadanos críticos. En un mundo cada vez más saturado de información, la escuela podría ofrecer un espacio para evaluar, discutir y comprender lo que se consume a través del ciberespacio. Sin embargo, la ideología del fascismo actual promueve una visión estrecha y utilitaria de la educación, donde la creatividad y la crítica son vistas como peligros, resultando en una cultura educativa que privilegia la memorización de datos sobre el pensamiento crítico.
El impacto de la pandemia de Covid-19 ha exacerbado esta crisis educativa, impulsando un aumento en el uso de tecnologías digitales que, en lugar de empoderar a los estudiantes, amenazan con convertirlos en consumidores pasivos de información. La automatización y el distanciamiento social han hecho que las instituciones educativas sean vistas como prescindibles en un modelo donde la información puede ser fácilmente accesible a través de dispositivos electrónicos. Así, el fascismo contemporáneo se legitima al propagar la idea de que la escuela es un vestigio innecesario, promoviendo una visión distorsionada que rechaza la enseñanza como un espacio de construcción social.
La evolución demográfica y la baja tasa de natalidad también juegan un papel crucial en el debilitamiento de las instituciones educativas. A medida que las matrículas disminuyen, la narrativa se torna más alarmista, convirtiendo a la escuela en un blanco de críticas que socavan su financiación y existencia. En este contexto, se ignoran las necesidades de educación inclusiva y de calidad, excluyendo a sectores vulnerables y perpetuando estructuras sociales injustas. La tendencia de ver a las instituciones educativas como meros mercados de información, medidos por resultados de pruebas estandarizadas, se convierte en un argumento más para justificar su reducción en un entorno donde los valores y la ética son cada vez más despriorizados.
Finalmente, la confluencia de actores con intereses propios —desde las ultraderechas hasta las empresas tecnológicas— exacerba la percepción de la escuela como un espacio peligroso. La violencia y los incidentes trágicos en las escuelas alimentan un ciclo de control y vigilancia, donde se priorizan las medidas punitivas por encima de estrategias para mejorar la convivencia. La necesidad de redefinir el papel de la escuela en función de un futuro cada vez más incierto y violento se vuelve apremiante, demandando un retorno al ideal educativo que fomente el pensamiento crítico y la inclusión, lo que contrarrestaría el avance y la normalización del fascismo en nuestras sociedades.
