Estamos ante un momento de definición histórica que marca un antes y un después en la geopolítica mundial. La reciente propuesta de Donald Trump, conocida como la «Junta de la Paz», ha despertado un amplio debate sobre el futuro de la diplomacia y las relaciones internacionales. Este intento de desmantelar la arquitectura jurídica que ha gobernado el orden mundial desde la segunda guerra mundial se presenta no solo como una oferta de reingeniería del sistema internacional, sino como un audaz intento por monetizar el caos que actualmente prevalece en muchos rincones del planeta. Según los expertos, la tarifa de entrada de mil millones de dólares para formar parte de este nuevo consejo directivo global refleja una desesperación por mantener un control que parece hacerse cada vez más insostenible.

La visión que Trump propone no se sostiene sobre los pilares de la colaboración internacional, sino que se asemeja a un club exclusivo donde solo los titulares de los cheques tienen voz. Este planteamiento ha sido rápidamente rechazado por potencias emergentes como Rusia y China, que comprenden que esta estructura es, en esencia, una versión privatizada de la OTAN que busca reforzar la hegemonía estadounidense sin los inconvenientes del veto de otros países. La reacción de India, que optó por mantenerse en silencio ante esta oferta, evidencia un cambio en la dinámica del poder, donde la geopolítica de la región del Sur de Asia es ahora autónoma y ya no se deja arrastrar por las dinámicas impostadas de occidente.

Dentro de América Latina, este escenario ha polarizado aún más las posiciones. Por un lado, el Bloque de la Soberanía, con líderes como Claudia Sheinbaum, Gustavo Petro y Lula da Silva, se ha manifestado a favor de defender los principios de la ONU, reconociendo la necesidad de reformas, pero considerando que mantener estos espacios de diálogo es crucial para la independencia de sus naciones. Estos líderes entienden que la defensa del Derecho Internacional no es un acto de nostalgia, sino una herramienta esencial para proteger a sus países de posibles agresiones. Esto contrasta violentamente con las posiciones acérrimas del Bloque de la Servidumbre, compuesto por figuras como Javier Milei y José Antonio Kast, quienes ven en la sumisión ante el imperio como una forma de asegurar sus privilegios.

La participación de la derecha continental en la «Junta de la Paz» refleja una profunda crisis de identidad, donde la soberanía se considera un impedimento y la subordinación un camino hacia la aceptación global. La postura de Milei al convertirse en «fundador» del movimiento, a pesar de no contar con los recursos necesarios para participar adecuadamente, es un claro indicio de cómo estos líderes priorizan la imagen de pertenencia sobre la realidad de sus países. En este contexto, los países latinoamericanos se ven divididos entre aquellos que optan por construir una narrativa de resiliencia y autonomía y aquellos que se encuentran dispuestos a arrodillarse ante la figura del magnate estadounidense, buscando un estatus que pretenden asegurar a cualquier precio.

La situación actual demanda una reflexión crítica sobre hacia dónde se dirige el orden mundial. El contraste entre un progresismo latinoamericano que exige un orden multipolar y reglas claras, frente a una derecha que se apresura a hacer parte de un modelo que busca monetizar incluso la paz, es un indicativo del dilema que enfrenta la región. Mientras que unos abogan por un renacer de la diplomacia eficaz y justa, otros se sumergen en la lógica del mercadeo de la política internacional, donde las decisiones son tomadas por intereses económicos y no por el bienestar de las naciones. La pregunta que queda es si América Latina encontrará la fortaleza para convertirse en un actor clave en esta nueva geopolítica, o si quedará atrapada en una narrativa de dependencia que no solo amenaza su soberanía, sino también su futuro.