
El «Caso Degollados» no es solo un episodio de la historia de Chile, sino una advertencia que resuena en el presente. A 41 años de la brutal ejecución de los tres profesionales comunistas, José Manuel Parada, Santiago Nattino y Manuel Guerrero, es esencial preguntarnos qué hemos hecho con esa memoria colectiva. Los recientes actos en homenaje a las víctimas, como el celebrado en Los Leones con El Vergel, subrayan la importancia de no solo recordar, sino de reflexionar sobre las lecciones que debemos aprender de aquella oscura etapa. La brutalidad de sus asesinatos nos recuerda hasta dónde puede llegar el poder cuando se deshumaniza, un fenómeno que todavía podemos observar en tiempos modernos.
En el contexto actual, donde regresos civilizatorios parecen estar en retroceso, la memoria del «Caso Degollados» se convierte en un símbolo de resistencia ante la deshumanización. Los discursos que surgen desde algunos sectores del poder, que abogan por el indulto a los asesinos y relativizan el horror del pasado, nos muestran que la llegada al poder, incluso a través de elecciones democráticas, no garantiza la humanidad y la sensatez de nuestros líderes. Hoy, más que nunca, es crucial resguardar la memoria de aquellos que no solo fueron víctimas, sino que también representaron la lucha por la justicia y la democracia en un país marcado por la violencia y sus secuelas.
Los eventos pasados de 1985 y las lecciones de la dictadura siguen siendo relevantes en nuestra realidad contemporánea. Desde el estallido social de 2019, se han reactivado debates sobre derechos humanos y justicia que, sin embargo, a menudo caen en el terreno del negacionismo. El desafío recae en las nuevas generaciones, quienes conocen algunos de estos acontecimientos de manera fragmentada. Es imperativo que la memoria histórica se transmita de forma efectiva, no solo como un compendio de datos, sino como una narrativa que descubra el profundo significado de la lucha por la dignidad, representada por nombres como Guerrero, Parada y Nattino.
Aquella conexión personal y cercana que muchos, como la madre del autor, tuvieron con Manuel Guerrero, debe convertirse en un vínculo colectivo. La admiración y la pérdida que marcaron a quienes lo conocieron son parte de la historia de resistencia de Chile, que pese al paso del tiempo, no debe caer en el olvido. Transmitir estas historias es vital no solo para honrar a las víctimas, sino también para cultivar una conciencia social que valore el pasado y lo lleve a la reflexión sobre el presente. Este desafío educativo es responsabilidad de todos, ya que la memoria no es estática y debe resignificarse constantemente.
Finalmente, es crucial recordar que el horror del «Caso Degollados» no se limita a la atrocidad de sus muertes, sino que un horror aún más grande sería olvidar. La ética de recordar, renombrar, y visibilizar a las víctimas es una obligación que necesitamos redoblar en la actualidad. La memoria se convierte en un acto de resistencia frente a quienes buscan borrar el pasado o minimizarlo. En el futuro incierto que enfrentamos, es fundamental que nuestras luchas actuales estén ancladas en la historia, para asegurarnos de que el sacrificio de aquellos que lucharon por la justicia no haya sido en vano.
