En América Latina, la sombra del extremismo político se cierne cada vez con más fuerza, y figuras como Donald Trump, José Antonio Kast y José Jerí parecen ignorar la crisis migratoria y el sufrimiento de millones de venezolanos. En lugar de abordar estos temas humanos con empatía, su enfoque parece estar orientado a la militarización y el uso de la violencia como herramienta para agenciarse recursos, especialmente el petróleo de Venezuela, que posee las mayores reservas del mundo. Gustavo Espinoza M., periodista peruano, advierte sobre las inquietantes similitudes con el pasado trágico de la región, evocando el siniestro legado del Plan Cóndor, que llevó a cabo una serie de represiones brutales a lo largo del continente. Hoy, a medio siglo de esas atrocidades, los ecos de violencia y represión vuelven a resonar, mientras emergen alianzas políticas para aplastar las opciones de izquierda y disidencia en la región.

Recientemente, dos acontecimientos han puesto de relieve la preocupante tendencia hacia el autoritarismo en América Latina. En primer lugar, las elecciones en Honduras resultaron en la victoria de Nasry Asfura, un aliado del ex presidente estadounidense, Donald Trump, lo cual representa un duro golpe a la frágil democracia instaurada por Xiomara Castro. Simultáneamente, la priorización de intereses personales por encima del bienestar social se evidencia en la excarcelación del expresidente hondureño Juan Orlando Hernández, condenado por narcotráfico en Estados Unidos, lo que refleja la influencia nociva del poder político y económico de Norteamérica en la región. Estos eventos alimentan un clima de miedo y desconfianza, que se exacerba con el resurgimiento de figuras políticas que buscan avivar viejas llamas de odio y represión.

En la frontera entre Chile y Perú, cientos de migrantes se encuentran atrapados en una encrucijada angustiante. Conozcamos la situación de aquellos que, huyendo de la crisis, encuentran en el éxodo una lucha por sus vidas. Sin embargo, el escenario se complica con la llegada de José Antonio Kast, que ha prometido hacer de la expulsión de migrantes una de sus prioridades. En Perú, el presidente Jerí ha decidido reforzar la frontera con tropas, dejando a estos seres humanos en una situación crítica, desprovistos de cualquier opción viable mientras buscan resguardo y dignidad. A su vez, estos gobiernos parecen deshumanizar a los migrantes, ignorando su necesidad básica de seguridad y refugio, y haciendo caso omiso a las normas internacionales que protegen sus derechos.

La inquietante amenaza de una acción militar estadounidense en Venezuela no hace más que agravar la crisis migratoria y política en toda la región. Durante semanas, la armada de Estados Unidos ha intensificado sus operaciones en el Caribe, con el objetivo declarado de derrocar al presidente Nicolás Maduro, todo ello dentro de un marco de intervención que ha fracasado en reiteradas ocasiones. Esto plantea un panorama sombrío en el que el miedo se amalgama con la incertidumbre sobre el futuro de muchas naciones. Conviene recordar que dicho enfoque bélico no solo es insostenible, sino que también ignora el deseo de diálogo y resolución pacífica de los conflictos en la región, que es lo que realmente se necesita para estabilizar la situación.

El futuro de América Latina es incierto y está en peligro por el ascenso de líderes que parecen estar dispuestos a repetir los errores del pasado, fomentando una atmósfera de terror y violencia. El reconocimiento de que Kast y Jerí procuran combatir a la migración, sin abordar las causas raíz del fenómeno, es un grave error. La colaboración y el diálogo entre los países, especialmente en el contexto de la migración, deberían ser las prioridades, y no el cierre de fronteras ni la movilización de tropas, que solo provocan un mayor sufrimiento. Si las lecciones de la historia se ignoran, la región podrá caer de nuevo en un ciclo de violencia, tal como se presenció durante el Plan Cóndor, dejando tras de sí un rastro de destrucción y dolor.