La calidad de la educación en el contexto neoliberal se ha deteriorado considerablemente, según lo expone Hernán González, profesor de Valparaíso. En un análisis crítico de la situación educativa actual, señala que la «oferta educativa» se ha transformado en un mero intercambio, donde predomina la adaptación a las demandas de un entorno competitivo, obviando la responsabilidad estatal de diseñar un sistema escolar planificado y accesible. Las políticas educativas parecen haber convertido la educación en un producto, donde las instituciones deben fusionarse y cerrar sus puertas en respuesta a fuerzas demográficas y económicas, dejando a los estudiantes y a los docentes atrapados en aulas sin recursos adecuados.
Los efectos de este modelo se manifiestan en una disminución notable de la calidad educativa. González enfatiza que lo que se ofrece a los estudiantes no es más que un ‘servicio’ que ha sido empobrecido. Las clases se transforman en sesiones monótonas de adiestramiento, donde la verdadera enseñanza y el aprendizaje son aspectos relegados. Además, el papel del director docente se ha reducido a la mera gestión de recursos limitados, sometido a un sistema de supervisión riguroso que prioriza la burocracia por encima del desarrollo pedagógico. Esto ha llevado a una crisis que afecta no solo a las escuelas públicas, sino a todas las modalidades de enseñanza.
La respuesta del sistema educativo y de los responsables políticos, especialmente con la reciente elección de figuras como Kast, se centra en repetir recetas que han demostrado ser ineficaces. González compara este enfoque con el de un estudiante que insiste en estudiar lo mismo sin comprender el fondo del problema. Aunque se han implementado algunas políticas como la Ley de Inclusión y la Nueva Educación Pública, los cambios han sido insuficientes y no han logrado transformar el panorama general. El llamado actual es a repensar los mecanismos que sustentan el sistema educativo y a superar la resistencia a los cambios necesarios.
En este contexto, la urgencia de construir un nuevo sistema escolar es más evidente que nunca. González propone que la experiencia acumulada durante la última década y la preparación de profesionales capacitados pueden ser la base para dicho cambio. Se plantea la necesidad de redefinir las atribuciones del Ministerio de Educación y repensar el actual modelo de financiamiento, que en su estructura actual favorece a los grupos privados y transfiere las responsabilidades educativas a las familias. Esto es crucial para evitar que las políticas neoliberales continúen erosionando el acceso a una educación de calidad.
Por último, es imperativo iniciar un diálogo sobre el currículum educativo que Chile necesita, uno que prepare a los estudiantes para un mundo cada vez más incierto. La propuesta es generar un cambio que trascienda la resistencia y el romanticismo de tiempos pasados, para construir una educación que garantice autonomía y formación frente a desafíos actuales. Este cambio debe plantearse de manera humanista y democrática, enfrentando así las narrativas de la ultraderecha que buscan perpetuar la desigualdad y la discriminación. La transformación de la educación no solo es necesaria, sino posible, siempre que se impliquen y trabajen en conjunto todos los actores de la sociedad.
