En un contexto global marcado por tensiones políticas y sociales, resulta urgente que las prioridades en la agenda de nuestro país incluyan una evaluación crítica de la situación internacional y latinoamericana. La reciente actuación del futuro mandatario, que parece estar más enfocado en observar cárceles y reforzar muros antimigrantes que en abordar las crecientes agresiones por parte del gobierno estadounidense, plantea interrogantes acerca de la dirección que tomará nuestra política exterior. Es fundamental que los líderes en nuestra nación comprendan que la historia reciente nos demanda no solo un análisis de nuestras realidades internas, sino también una reacción robusta frente a las provocaciones externas que amenazan la estabilidad y la autonomía de los países de la región.

Las intimidaciones lanzadas por Donald Trump hacia diversas naciones, independientemente de sus orientaciones políticas, sobresalen en un panorama global que precisa de la solidaridad. La injerencia militarista y las posturas agresivas del presidente estadounidense constituyen un desafío que no podemos afrontar con silencio ni ambigüedades. La responsabilidad recae en gobiernos, partidos políticos e intelectuales para alzar la voz, condenar esas acciones y articular respuestas concretas que reflejen la oposición a un imperialismo que menosprecia el derecho internacional y las normas de convivencia entre países.

Parte de esta responsabilidad incluye la solidaridad activa con naciones que enfrentan bloqueos y operaciones militaristas. Es inaceptable que, en un momento donde Trump amenaza con aumentar aranceles a aquellos que envían petróleo a Cuba y declara a este país como un peligro para la seguridad nacional de Estados Unidos, los líderes de la región mantengan la bocina del silencio. Más aún, es vital que se evite caer en el juego de cuestionar las dinámicas internas de esos países agredidos, cuando lo que está en juego es la dignidad y derechos humanos de sus ciudadanos. La respuesta debe centrarse en la condena de estas violaciones a la soberanía, especialmente en un entorno donde la vida de miles de personas está en riesgo.

A medida que las manobras de Trump se intensifican, las respuestas de países como Chile deben ser claras y contundentes. Se necesitan manifestaciones explícitas de rechazo y protestas organizadas que articulen la indignación popular contra las políticas injerencistas de Estados Unidos. Las entidades sociales, los partidos de izquierda y progresistas deben unirse para construir una línea común de defensa de la soberanía latinoamericana, actuando en concordancia con los principios del derecho internacional. Esta no solo es una cuestión de política exterior, sino una cuestión profundamente humanitaria que demanda acción inmediata.

En conclusión, la situación imperante no permite la ambivalencia. La amenaza de un cerco naval a Cuba, junto con el aumento de aranceles y la retórica beligerante de Trump, exige un posicionamiento claro y decidido por parte de los países latinoamericanos. No basta con emitir declaraciones vacías; se necesita una diplomacia ofensiva que combine condenas y acciones concretas. La comunidad internacional, y en particular los países de América Latina, deben levantarse en solidaridad y hacerlo de manera que resuene con firmeza en cada rincón del continente. La lucha por nuestros principios debe ser indiscutible en tiempos de crisis.