Era una tarde calurosa en un pequeño pueblo cerca de Calcuta, India, donde el calor del sol parecía hacer más lentas incluso las acciones de los adultos, quienes dormían bajo la sombra de los árboles. Mi prima y yo, sentadas en el suelo, disfrutábamos del crujido del arroz inflado con aceite de mostaza, un manjar que contrastaba con el silencio que nos rodeaba. Mientras sorbíamos el sabor de la infancia, ella me lanzó una pregunta que me tomó desprevenida: “¿Es cierto que en Suecia se come vaca y cerdo?”. Yo, a mis diez años, me sonrojé y asentí, consciente de que esa afirmación era verdad, aunque jamás se me había ocurrido reflexionar sobre las implicaciones que llevaban esas palabras. Mi prima, con su espíritu compasivo hacia los animales, me preguntó si en Suecia también comían perros y gatos, una pregunta que evocaba una lógica implacable; si se podía comer un mamífero, ¿por qué no otro? Esta chispa de curiosidad infantil me llevó a explorar no solo la alimentación, sino las diferencias culturales que dan forma a nuestras creencias y comportamientos.

El dilema entre naturaleza y crianza resuena profundamente en estas reflexiones. La genética ofrece un cimiento biológico para nuestra existencia, cada persona con su propio ADN, pero como afirma Ziada Ayorech, genetista psiquiátrica, el ADN por sí solo no nos define. Creciendo en variadas culturas, cada experiencia nos moldea y cambia nuestras perspectivas de formas que muchas veces no captamos. A través de estudios comparativos de gemelos idénticos y no idénticos, los científicos han demostrado que aunque la genética ayuda a explicar hasta el 50% de nuestras diferencias, el entorno y las experiencias vividas juegan un papel fundamental en la formación de nuestra identidad. Esta comprensión añade una dimensión a mi pregunta: si mi crianza y contexto hubieran sido diferentes, ¿quién sería yo ahora?

El ambiente social en el que vivimos no solo moldea nuestro comportamiento; también redefine quiénes somos. Ayorech, quien ha vivido en diversos países, destaca cómo la cultura noruega ha adaptado su extroversión, comportamientos que diferencian cómo los individuos se comunican y se relacionan con el mundo. Este contraste cultural refleja un hecho claro: nuestras personalidades no son fijas, sino fluidas y responden a las interacciones con el entorno. Ching-Yu Huang refuerza esta idea al argumentar que la cultura desempeña un rol crucial en el desarrollo de la identidad, sugiriendo que, incluso con la misma genética, la forma en que el cerebro procesa experiencias es intrínsecamente variable dependiendo del lugar donde crecemos.

La psicología intercultural revela que las diferencias en cómo nos percibimos a nosotros mismos están profundamente arraigadas en la cultura. Vivian Vignoles, psicóloga de la Universidad de Sussex, sostiene que la interpretación de nuestras características personales y el sentido de individualismo o colectivismo son conceptos que se construyen en la interacción de la cultura y la personalidad. Las investigaciones han demostrado que, a menudo, los occidentales se definen por seus rasgos personales individuales, mientras que en culturas como la japonesa, la identidad se entrelaza con los roles sociales. Esto plantea una pregunta interesante sobre la flexibilidad de nuestras identidades: ¿somos moldeables en base a la cultura en la que nacemos, o existe en nosotros una esencia inmutable que solo se presenta en diferentes contextos?

Finalmente, la discusión sobre nuestra identidad cultural se convierte en una cuestión filosófica sobre la naturaleza del ‘yo’. A través de encuestas a filósofos contemporáneos, se ha revelado un debate sobre si el ser humano es inherentemente biológico o si su esencia reside en un alma intocable a pesar de las influencias externas. Philip Goff argumenta que, aunque existe una parte fundamental de nosotros que permanece constante, las experiencias vividas y la cultura en la que crecemos sin duda modifican cómo nos desarrollamos y cómo nos percibimos. Al reflexionar sobre esto, me enfrento a una encrucijada: si hubiera crecido en un pueblo cerca de Calcuta, ¿quién sería? A pesar de la incertidumbre, es evidente que la cultura y el entorno juegan un papel esencial en la construcción de nuestra propia narrativa y comprensión de nosotros mismos.