El impacto del avance de la ultra-derecha en el mundo se ha convertido en un aspecto crucial para entender los resultados de la segunda vuelta presidencial en Chile, donde José Antonio Kast logró una victoria arrolladora sobre Jeannette Jara. Este fenómeno no es aislado, ya que en los últimos años hemos visto el ascenso de líderes de extrema derecha en diversas partes del globo, desde Europa hasta América Latina. Figuras como Donald Trump o Jair Bolsonaro han ganado notoriedad por sus políticas populistas y autoritarias, capitalizando el descontento popular frente a democracias que, muchas veces, parecen incapaces de ofrecer soluciones efectivas a problemas como la seguridad y el desempleo. A su vez, la retórica de miedo y exclusión que promueven estos líderes ha encontrado eco en segmentos de la población chilena, quienes, ante la incertidumbre económica y social, optaron por votar por un candidato que parecía brindarles respuestas inmediatas, aunque estas fueran en el marco de la intolerancia y la xenofobia.

La reciente elección ha sido catalogada como la más adversa desde 1989, marcada por un entorno de crisis y trauma social que afectó a millones de chilenos. Desde el estallido social de 2019 hasta la pandemia de COVID-19, la senda política ha estado empedrada de descontento y decepción. Este contexto ha transformado la conciencia social, llevando a muchos a buscar refugio en propuestas de la extrema derecha, que han sabido apelar a los miedos más profundos de las personas, como la inseguridad y la migración. El proceso constitucional fallido de 2022 también sembró desilusión y confusión, lo que facilitó el avance de propuestas conservadoras. En este clima de desánimo, las fuerzas de la derecha se aprovecharon para consolidar su poder, obteniendo resultados abrumadores en elecciones previas y abriendo el camino a la victoria de Kast.

Un factor determinante que rodeó a esta elección fue la implementación del voto obligatorio, que impulsó la participación de aproximadamente cinco millones de nuevos votantes. Sin embargo, este nuevo electorado, en su mayoría sectores de clase media baja y populares, reveló una clara tendencia hacia opciones conservadoras. Las elecciones de 2024 ya habían mostrado un arrastre significativo hacia los candidatos de la derecha, y en la segunda vuelta presidencial, se estima que un alto porcentaje de este denominado ‘votante obligado’ se inclinó por Kast. La despolitización y la falta de conexión de estos votantes con las propuestas progresistas dejaron a Jeannette Jara en una posición complicada, incapaz de captar el apoyo de un electorado que, cansado y desilusionado, buscó respuestas simples en el discurso de la derecha.

El rol del Partido Comunista durante la campaña fue fundamental, particularmente tras la elección primaria que consagró a Jeannette Jara como su candidata presidencial. El partido logró una victoria histórica al obtener el mayor número de votos en una primaria desde el retorno a la democracia, lo que lo posicionó como un actor clave en la lucha contra el avance de la ultra-derecha. A pesar de ciertos desacuerdos entre partidos aliados, los comunistas intentaron construir una unidad sólida que les permitiera enfrentar juntos el desafío electoral. No obstante, periodo tras periodo, la falta de unidad llevó a una fragmentación en la oposición, debilitando las posibilidades de un frente unido y facilitando así el avance republicano en el Parlamento.

Finalmente, la relación de la candidata con el gobierno de Gabriel Boric constituyó una desventaja notable durante la campaña. A pesar de los logros en su gestión, como la aprobación de reformas laborales, la percepción de que Jara representaba la continuidad de un gobierno criticado desgastó su imagen y dificultó su conexión con un electorado que ansiaba cambio y transformación. A medida que las encuestas enfatizaban el rechazo hacia la continuidad, los esfuerzos de Jara por distanciarse del gobierno no lograron eliminar esta percepción. Así, una de las grandes lecciones que se extrae de esta elección es la necesidad de fortalecer la conexión entre las fuerzas progresistas y las demandas populares reales, para evitar que la desilusión lleve a la gente a buscar refugio en opciones más extremas y divisorias.