Mientras un potente terremoto de magnitud 7.4 sacudía el occidente de Colombia, Lady Gallego, enfermera y coordinadora del área de pediatría en el Hospital Universitario del Valle de Cali, mostró una increíble fortaleza. A las 7:34 a.m. del 10 de agosto, el sismo, el más fuerte en una década, hizo temblar las estructuras del hospital y sembró el pánico entre pacientes y personal. Con la responsabilidad de cuidar a 105 pacientes pediátricos, incluidos 36 recién nacidos, Gallego mantuvo la calma en medio de la crisis. «Mi prioridad era asegurarme de que todos los niños estuvieran a salvo y verificar el estado de mis compañeros», expresó Gallego en una entrevista con BBC Mundo, destacando la gravedad de la situación que transformó su jornada laboral en un escenario de emergencia.

El momento exacto en que comenzó el temblor se produjo durante el cambio de turno en el hospital. Lady Gallego recién terminaba de dar instrucciones a su equipo cuando se sintió el movimiento. A medida que los temblores se intensificaron, el pánico comenzó a apoderarse del lugar. «Tranquilos, tranquilos», repetía Gallego tratando de calmar a su equipo, mientras los sacudones se volvían más violentos. «A pesar de que pensaba que todo terminaría pronto, pronto comprendí que la evacuación se había vuelto inminente», agregó, recordando cómo el pavor en el ambiente se transformaba rápidamente en urgencia y acción.

La evacuación de los pacientes fue una tarea titánica. Gallego, como coordinadora, recorrió los seis servicios de pediatría del hospital, asegurándose de que nadie quedara atrás, especialmente en los servicios de cuidados intensivos. Reconoció que los pacientes conectados a ventiladores mecánicos eran los más críticos y debían ser evacuados con sumo cuidado. La urgencia creció cuando los equipos médicos y familiares comenzaron a trasladar pacientes uno por uno, mientras el sismo seguía causando caos. Con determinación, cada miembro del equipo tomó la responsabilidad de una vida, demostrando una coordinación admirable en medio de la calamidad.

En un quirófano, la anestesióloga Claudia Komaromi enfrentaba una situación angustiante mientras lidiaba con una paciente en un estado crítico, completamente vulnerable. Con el terremoto continuando su violento curso, Komaromi tomó la decisión de permanecer junto a la paciente en lugar de evacuar. «No podía dejarla sola. La abrazaba mientras pensaba en mi propia infancia, en un terremoto que viví y cómo mi madre me tranquilizó en ese momento», recordó. Esta conexión emocional le dio la fortaleza para mantener la calma y cuidar a la paciente en un momento donde la sensación de muerte se cernía sobre todos.

La devastación fue evidente una vez que la evacuación permitió ver el exterior. Con al menos seis vidas cortadas bajo los escombros de una torre que colapsó, el impacto del sismo fue llanto y consternación. Sin embargo, la respuesta del personal del hospital fue rápida y decidida. Más allá del miedo, la solidaridad y el compromiso de salvar vidas prevalecieron. Gallego y sus colegas trabajaron incansablemente, improvisando áreas de atención y coordinando el cuidado de los pacientes. Aunque las secuelas físicas y psicológicas podrían durar, el espíritu de sacrificio continuo de estos profesionales se destacó como un faro de esperanza entre las ruinas.