
La reciente decisión de la Unión Europea de flexibilizar el calendario para la eliminación de los coches de combustión interna ha suscitado un extenso debate sobre la movilidad futura. Esta medida está lejos de ser una rectificación ideológica o un abandono de los objetivos climáticos; por el contrario, representa una aceptación tardía pero crucial de que la transición energética no puede apoyarse únicamente en intenciones declarativas. Durante años, la fecha de 2035 se había establecido como un límite inamovible para la venta de coches de combustión en el mercado europeo. Sin embargo, a medida que se acercaba ese plazo, se hicieron evidentes las debilidades de este enfoque, impulsadas en parte por la presión de naciones clave como Alemania e Italia, que dependen de una industria automotriz que sigue siendo fundamental para su economía. Desde este contexto, la flexibilización del calendario no se percibe como una retractación, sino como un cambio necesario y estratégico en la concepción de la movilidad.
En esta nueva fase, los nuevos combustibles, como los combustibles sintéticos y los biocombustibles avanzados, han recuperado protagonismo. Hasta hace poco, estas tecnologías se consideraban soluciones marginales e incapaces de competir con los vehículos eléctricos en eficiencia. Sin embargo, a través de la producción de e-fuels a partir de hidrógeno verde y CO₂ capturado, existe la posibilidad de reducir significativamente las emisiones de carbono sin necesidad de deshacerse del parque automovilístico actual. Esta realidad es particularmente relevante en Europa, donde la edad promedio de los coches supera los 11 años, lo que hace irrealista la suposición de que millones de ciudadanos podrían cambiar de vehículo en una década. Además, la adaptabilidad de estas nuevas soluciones al uso de infraestructuras ya existentes, como refinerías y estaciones de servicio, permite una transición más económica y sin una perdida significativa de empleo en el sector.
Los vehículos eléctricos seguirán siendo un componente esencial del futuro del transporte, pero su consolidación se encuentra estrechamente ligada a la evolución de la tecnología de baterías. En el presente, el litio es la base de estos sistemas, pero su producción trae consigo un conjunto de desafíos: costes elevados y un alto impacto ambiental, además de la dependencia de países ajenos en su suministro. Tecnologías emergentes como las baterías de estado sólido o las de litio-azufre prometen revolucionar el mercado al ofrecer mayor densidad energética y tiempos de carga reducidos. Sin embargo, estas innovaciones requieren tiempo y capital para su desarrollo e implementación. La tendencia de presentar los coches eléctricos como una tecnología ya madura ha generado descontento en los consumidores, quienes enfrentan altos precios y la preocupación de que sus inversiones queden obsoletas rápidamente. La nueva flexibilización permite a la tecnología evolucionar al mismo ritmo que la normativa, facilitando así un entorno más receptivo a la adopción de vehículos eléctricos.
El hidrógeno, a pesar de su historia de dificultades y complejidades, sigue siendo un tema recurrente en las discusiones sobre la movilidad del futuro. Su producción, almacenamiento y distribución requieren un esfuerzo monumental, pero las ventajas que ofrece, como el rápido repostaje y cero emisiones durante su uso, lo convierten en una opción atractiva, especialmente para el transporte de larga distancia o flotas profesionales. En su aplicación para el transporte personal, su viabilidad aún es incierta, pero descartarlo completamente podría ser un error. La clave no es solo el vehículo en sí, sino el diseño de un sistema de producción y distribución del hidrógeno que sea tan eficiente y sostenible como se requiere para respaldar su uso generalizado en la movilidad.
Finalmente, el giro de la UE hacia una mayor flexibilidad en su enfoque hacia los combustibles muestra que el futuro de la movilidad debe ser construido sobre un prisma de pragmatismo y diversidad. Permitir la coexistencia de diferentes tecnologías, desde motores de combustión alimentados por combustibles neutros, hasta vehículos eléctricos y soluciones de hidrógeno, reconoce la complejidad inherente del sistema industrial y social. Esta transición, lejos de ser un camino sencillo, se presenta como un proceso híbrido y gradual, lo que subraya que la descarbonización del transporte no se logrará a través de un solo enfoque, sino mediante un esfuerzo coordinado para facilitar varias alternativas. En este contexto, Europa ha reconocido que la clave del éxito radica en asegurar que la transición energética sea viable económicamente, tecnológicamente factible y socialmente aceptada.
