
En los últimos años, el mundo ha sido testigo de un marcado cambio en el equilibrio de fuerzas entre las grandes potencias, resultado de un fenómeno económico que trasciende lo meramente cuantitativo. Manuel Riesco, economista destacado, expresa que esta transformación se manifiesta cualitativamente en el escenario internacional, como consecuencia del ascenso inevitable de naciones y regiones que antes eran consideradas periféricas. Este fenómeno se encuentra en el centro de una crisis política global, que se intensifica ante el bombardeo masivo de una potencia nuclear no declarada, cuyas acciones agresivas son percibidas como el último intento de frenar a una vecina potencia emergente, que amenaza con redefinir su lugar en el orden mundial. La desesperación de estas potencias por mantener su dominio histórico genera tensiones que se traducen en conflictos bélicos y guerras comerciales sin precedentes, en un mundo donde se pierde la legitimidad de las instituciones políticas una y otra vez.
Al observar la situación actual, es evidente que la crisis política mundial está acompañada por fenómenos alarmantes, como el conflicto en Ucrania, el genocidio en Palestina, y la amenaza inminente de una agresión militar en Irán. Sin embargo, es el impacto interno de las potencias hegemónicas lo que acentúa esta crisis. La década actual se encuentra marcada por el ascenso del populismo y el fascismo en diversas naciones, incluyendo a la principal potencia, Estados Unidos, donde un líder extremista ha llevado a una erosión alarmante de los valores democráticos. Este escenario recuerda las crisis del pasado, como la Gran Depresión de 1929, donde la inestabilidad económica también alimentó extremismos que desencadenaron en guerras devastadoras. Históricamente, la incapacidad de las élites para gestionar satisfactoriamete las crisis ha llevado a ciclos de deslegitimación que amenazan la paz mundial.
En el centro de esta crisis, surgen los BRICS, un bloque de economías emergentes formado en su momento por Brasil, Rusia, India y China, que se ha expandido recientemente para incluir a naciones claves como Arabia Saudita, Irán y los Emiratos Árabes. Este grupo se presenta como una respuesta a las estructuras de poder tradicionales y establece un nuevo molde de relaciones económicas globales, implicando una reorientación del comercio y los flujos de inversión internacional. La creciente urbanización, que está transformando drásticamente las economías de estos países, es una de las fuerzas más poderosas detrás del ascenso de estas naciones, que abandonan las viejas estructuras socioeconómicas para abrazar dinámicas de producción más modernas y orientadas al mercado.
La transformación social y económica que se vive en varias regiones del mundo está generando disrupciones en el estilo de vida de las poblaciones. Se estima que, en unas pocas décadas, la urbanización a nivel global alcanzará niveles sin precedentes, con más del 90 por ciento de la población mundial viviendo en ciudades. Este cambio no solo altera el paisaje geopolítico, sino que también genera nuevas demandas sobre la gobernanza y la distribución de la riqueza. La creciente presión sobre las elites de Occidente para adaptarse a estos cambios podría, en un futuro cercano, resultar en una mayor democratización y en el cuestionamiento de la hegemonía histórica de las potencias occidentales, que han disfrutado de una posición privilegiada desde la Revolución Industrial.
En conclusión, el escenario mundial que se dibuja frente a nosotros se asemeja a un terremoto tectónico. El choque de fuerzas entre las grandes potencias y las emergentes no es más que la manifestación de un cambio inevitable que, aunque amenazante, también puede ser visto como una oportunidad para la humanidad. Esta crisis, que afecta a países como Chile, nos recuerda que el pueblo tiene la capacidad de transformar su realidad, si se organiza y se moviliza hacia la búsqueda de un mundo más equitativo. Así, a medida que las placas tectónicas sociales y políticas continúan moviéndose, la esperanza de un nuevo orden global puede surgir de las cenizas de un pasado profundamente desigual.
