
El 24 de junio, la tragedia golpeó fuertemente al norte de Venezuela con dos devastadores terremotos que dejó a su paso dolor y desesperación, un recordatorio crudo de la vulnerabilidad humana ante la naturaleza. La señora María se encontraba en la planta baja de su edificio cuando ocurrió el desastre, mientras su hermana, atrapada en el apartamento de arriba, no logró escapar. A medida que los temblores sacudieron la tierra, María, afortunadamente, sobrevivió, pero el peso de su culpa por no haber persuadido a su hermana a bajar con más prisa se convirtió en un tormento insoportable. La psicóloga Francis Bell, experta en neurodesarrollo, señala que esta culpa del sobreviviente es común en situaciones catastróficas, como lo vivieron también las familias afectadas tras el terremoto colombiano del 10 de agosto.
Los sismos, de magnitudes 7.2 y 7.5, habrían causado la muerte de más de 6,000 personas en Venezuela y dejado miles de desaparecidos, creando un escenario apocalíptico donde muchas víctimas enfrentan no solo la pérdida de seres queridos, sino también la aguda realidad de la culpa. Bell menciona que este tipo de culpa es un mecanismo de defensa que se manifiesta frecuentemente en sobrevivientes, quienes, por lazos de empatía, sienten que seguir adelante es una traición a aquellos que no lograron sobrevivir. Estas emociones se ven intensificadas en quienes intentaron salvar a sus seres queridos o enfrentaron la impotencia de no poder hacerlo.
Uno de los grandes desafíos que enfrentan los especialistas en salud mental, tanto en Colombia como en Venezuela, es ayudar a las víctimas a navegar su culpa y dolor. Hamilton Lizcano, psicólogo del Servicio Nacional de Aprendizaje en Colombia, menciona historias desgarradoras de padres que, tras perder a sus hijos, sienten que debieron hacer más por salvarlos. Muchos se aislan por miedo a ser juzgados o para evitar el dolor que conlleva la pérdida. Asegura que el acompañamiento adecuado podría convertir esa culpa en sentimientos de gratitud y propósito, permitiendo a los sobrevivientes encontrar maneras de honrar a quienes perdieron sin sentirse culpables por seguir vivendo.
El impacto emocional de los terremotos ha sido devastador no solo para las víctimas directas, sino también para los rescatistas y el personal médico involucrado en la respuesta a las crisis. Bell, trabajando desde el Hospital Ciudad Caribia, comparte su experiencia al ayudar a otros profesionales que enfrentaron su propia angustia después de presenciar tanto sufrimiento. Para ello, implementó lo que llama el «rincón del fuego» en su consultorio, un espacio donde el personal puede liberar su carga emocional, lo cual ha resultado esencial para lidiar con el estrés postraumático y la angustia psicológica en medio del caos.
Finalmente, la voluntad de los sobrevivientes y la comunidad en general ha sido notable. A pesar del sufrimiento, se registran actos de altruismo y solidaridad que son cruciales en la restauración emocional. La psicóloga Maria Teresa Cuervo destaca la importancia de no permitir que la atención psicológica termine con la disminución de la cobertura mediática, pues muchas personas podrían necesitar ayuda semanas o meses después. En este sentido, todos los esfuerzos para reforzar redes de apoyo comunitario se convierten en una luz de esperanza para quienes enfrentan la penumbra de su dolor.
