
En el reciente debate presidencial en Chile, un instante entre Johannes Kaiser y Evelyn Matthei ha desatado un intenso análisis sobre la identidad cultural y política de ambos candidatos. En solo seis segundos, Kaiser no solo saludó a Matthei por su cumpleaños con una rosa y un beso en la mejilla, sino que selló el gesto con un «danke schön», un claro guiño a sus raíces alemanas. Sin embargo, la falta de precisión en su respuesta -cuando debería haber dicho «bitte» o «bitte schön»- ha sido interpretada como una insuficiencia en su conocimiento sobre su propia cultura. Este momento, más que una simple anécdota, plantea preguntas profundas sobre el verdadero sentido de pertenencia y el orgulloso nacionalismo que ambos candidatos exhiben, pero que parece tener poco que ver con la realidad política de Alemania.
La pregunta crucial que surge es, ¿por qué esos candidatos, que se muestran tan orgullosos de su identidad alemana, proponen políticas que parecen estar a años luz de la realidad alemana actual? En un contexto donde la Alemania contemporánea se asemeja más a la visión de una sociedad con derechos sociales robustos como la que propone Jeannette Jara, la discrepancia entre el discurso de Kaiser y Matthei y la política efectiva en su país de origen es innegable. La Alemania del siglo XXI ha hecho del bienestar colectivo una prioridad, mientras que en Chile, los derechos sociales siguen siendo considerados un lujo en lugar de ser vistos como obligaciones del Estado.
Al comparar sistemas, se hace evidente que en Chile, derechos como la salud, educación y vivienda se han convertido en promesas incumplidas, a menudo vistas como bienes de consumo y no como garantías universales. La Constitución chilena consagra una «libertad de elegir» que en la práctica solo es factible para quienes pueden pagarla. En contraste, el modelo alemán, basado en el Estado social de derecho, garantiza que el acceso a la salud, la educación y la vivienda digna sea un derecho, no una mera suerte. La eficiencia y la inclusión del sistema alemán en estos aspectos son un recordatorio doloroso de lo que Chile aún debe aspirar.
Históricamente, Alemania ha aprendido a enfrentar su pasado, convirtiendo el reconocimiento de sus crímenes en un pilar de su democracia. A diferencia de Chile, donde algunos candidatos como Kaiser y Kast flirtean con la idea de indultar a criminales condenados por violaciones a los derechos humanos, Alemania ha hecho del «nunca más» una política de Estado. Este enfrentamiento con su historia ha permitido a la sociedad alemana construir una memoria colectiva que protege su democracia, en contraste con la falta de justicia y la normalización de la impunidad que aún persiste en Chile.
Al llegar a las urnas nuevamente, la comparación con el modelo alemán brinda una oportunidad crucial para reflexionar sobre qué tipo de liderazgo y políticas realmente beneficiarán a la sociedad chilena. En un momento en el que se vuelve a confrontar la ideología de quienes defienden la precarización de los derechos, es imperativo recordar que la verdadera libertad solo puede existir cuando los derechos dejan de ser privilegios para convertirse en garantías. La realidad que muestran Kaiser y Matthei es aún deficiente y contraria a lo que se espera de una nación moderna. Así, la respuesta a su ostentoso orgullo alemán es clara: hay mucho más que aprender de la Alemania de hoy que lo que sus propuestas ofrecen.
