
En un análisis exhaustivo del panorama político chileno, José Antonio Kast ha logrado articular una coalición transversal que reúne a un sector de élites económicas, que anhelan estabilidad, y a sectores populares, especialmente la clase baja, que están alarmados por la inseguridad y la inmigración. Este fenómeno se presenta en un contexto donde la inmigración es vista como una amenaza a los puestos de trabajo y a los beneficios sociales. Por otro lado, su contrincante, Jeannette Jara, ha centrado su apoyo en la clase media baja y los jóvenes profesionales, pero ha perdido puntos ante los grupos más vulnerables, quienes están ansiosos por soluciones frente a la crisis de seguridad que afecta a sus comunidades. Esto marca un cambio significativo en el comportamiento electoral de la clase D, que históricamente se asoció a la izquierda, ahora mirando hacia la derecha.
La realidad socioeconómica en Chile revela una población que, según el estudio de Eduardo Fernández, se compone en un 49% de clases medias, divididas en segmentos como la clase media baja, la clase típica y la clase emergente. La clase media baja, que representa el 25% de la población, enfrenta dificultades económicas, con ingresos promedios de cerca de 900 mil pesos mensuales, lo que limita su capacidad de inversión en salud y educación. Esta situación les posiciona como un grupo vulnerable a las promesas electorales que abordan la seguridad y el bienestar familiar, incrementando su apoyo a opciones políticas que prometen estabilidad.
En el extremo opuesto de la escala socioeconómica, se encuentran los sectores de menores ingresos, compuestos por los segmentos D y E, que suman el 50% del país. Estos grupos, con ingresos que rondan los 500 mil pesos y en muchos casos están por debajo del salario mínimo, viven en condiciones de precariedad y con altos niveles de endeudamiento. La pobreza afecta al 13% de los hogares chilenos, que enfrentan inestabilidad laboral y deficiencias en su calidad de vida. Este contexto de inseguridad y vulnerabilidad impulsa a estos electores a buscar en la figura de Kast una solución a sus preocupaciones más apremiantes.
Fernández destaca que la estructura laboral actual en Chile ha evolucionado hacia una complejidad que supera el eje tradicional de lucha de clases. La expansión de las clases medias, la tercerización de la economía y la continua emergencia de desigualdades estructurales son elementos que configuran las percepciones sociales en la actualidad. En este marco, Kast ha logrado conectarse con aquellos votantes que sienten que sus necesidades no son adecuadamente representadas por las opciones de izquierda, que tradicionalmente defendieron los derechos sociales y colectivos, pero que en este ciclo electoral se perciben como desfasadas respecto a las urgencias diarias de la población.
El surgimiento de votantes que antes se mantenían al margen del sistema electoral ha sido clave en este proceso, permitiendo a Kast capitalizar un electorado que busca orden y respuestas pragmáticas. Muchos de estos nuevos electores de sectores vulnerables han sucumbido a un discurso que prioriza la propiedad privada y el bienestar familiar sobre las reivindicaciones sociales colectivas, impulsados por una sensación de desconfianza hacia quienes representan a la izquierda. La victoria de Kast refleja esta nueva realidad, donde una parte significativa del electorado asocia a la izquierda con la inestabilidad y busca garantías frente a la inseguridad y la crisis migratoria que afecta a sus comunidades.
