
La reciente publicación de la «Estrategia de Seguridad Nacional» (NSS) por parte de Donald Trump y su equipo, ha levantado controversias y ha revivido viejas memorias sobre la política imperialista estadounidense. Este documento, que busca justificaciones para lo que ellos mismo denominan la «nueva política para las Américas», se presenta como un punto de inflexión, apelando a la historia de intervención de los Estados Unidos en el hemisferio, evocando así la famosa Doctrina Monroe de 1823. No obstante, algunos críticos han comenzado a llamarlo «Don-Monroe», tratando de calificar a Trump y a Monroe como dos figuras emblemáticas de la misma saga de dominación imperial, resaltando la continuidad de una estrategia diseñada para mantener el control sobre América Latina.
La narrativa que el NSS propone gira en torno a un mundo en cambio, en el que Estados Unidos debe reafirmarse como la potencia hegemónica frente a las nuevas amenazas. Trump considera que la migración, el narcotráfico y el auge de fuerzas políticas adversas son riesgos que necesitan ser controlados para salvaguardar los intereses de las grandes corporaciones estadounidenses. Este enfoque de amenazar con la intervención militar y económica marca un regreso a una mentalidad que muchos creían superada, evocando momentos difíciles de la historia reciente del imperio norteamericano, especialmente tras la caída de la Unión Soviética en 1991.
La realidad actual presenta a Estados Unidos ante competidores emergentes como China, Rusia e India, lo que ha llevado a un despertar de la élite política y militar estadounidense, que ahora se ha dado cuenta de que su dominio mundial está en entredicho. En estrados diplomáticos y militares, se siente una creciente desesperación, reflejada en la angustia de los voceros del Pentágono, quienes ven cómo países que una vez fueron títeres del imperio comienzan a construir un camino hacia la autonomía y el desarrollo soberano. Estas dinámicas hacen cada vez más evidente que la visión de una unipolaridad de 100 años se ha esfumado.
En América Latina, la respuesta a esta desesperación ha sido clara: una resistencia incansable de movimientos sociales y políticos que buscan liberarse del yugo imperial. Esta región sabe que es crucial luchar por sus derechos y por la dignidad de sus pueblos. La militarización de políticas en pos del control económico estadounidense no es la solución, y el papel de las grandes corporaciones en los conflictos de la región se vuelve insostenible ante los ojos de una población que comienza a rebelarse contra siglos de explotación. América Latina no está sola en esta lucha, y la solidaridad entre países y movimientos se hace más fuerte cada día.
La estrategia de Trump, por lo tanto, no es solo la expresión de un líder aislado y ansioso, sino que refleja el nivel de desesperación que siente un imperio al borde de perder su hegemonía. Sus intentos de retomar el control a través de amenazas y el uso de la fuerza amenazan con llevar a la región a un camino aún más oscuro. Sin embargo, la historia ha demostrado que el imperialismo, aunque cargado de arsenales y recursos, es un tigre de papel frente a la tenacidad de los pueblos que luchan por su libertad. En un panorama global multipolar donde los pueblos buscan afirmar su dignidad, la estrategia de Trump parece condenada al fracaso.
