
En el mundo moderno, el estrés se ha convertido en una constante que afecta a la mayoría de las personas. Desde las exigencias laborales hasta las presiones sociales, parece que la vida nos empuja a vivir en un estado de tensión constante. Sin embargo, a pesar de los riesgos para la salud física y mental, hay que reconocer que el estrés no siempre es negativo. De hecho, dependiendo de cómo lo percibamos y de nuestra capacidad para afrontarlo, el estrés puede convertirse en un motor de superación y crecimiento. Esta noción de estrés positivo, conocido como eustrés, fue definido por el endocrinólogo Hans Selye en los años 70, marcando la diferencia entre el estrés que nos empuja a mejorar y el distrés, que nos sumerge en la ansiedad y el malestar.
El dualismo entre eustrés y distrés se asemeja a la famosa dualidad de los personajes Dr. Jekyll y Mr. Hyde, donde el primero representa el aspecto constructivo del estrés y el segundo su lado destructivo. La neurocientífica Anne Laure Le Cunff explica que, cuando nos enfrentamos al distrés, nuestro cerebro activa la amígdala, generando una respuesta de lucha o huida que desencadena la liberación de cortisol. Este proceso puede dificultar nuestra capacidad de concentración y rendimiento. En contraste, bajo un estado de eustrés, se generan niveles de dopamina que favorecen la motivación y la creatividad, permitiéndonos abordar los desafíos con confianza y claridad.
La percepción juega un papel crucial en la manera en que experimentamos el estrés. No son solo las circunstancias que enfrentamos las que determinan nuestro estado, sino cómo interpretamos esas situaciones desafiantes. Sarah Williams, psicóloga del deporte, subraya la importancia de nuestra evaluación del estrés. Esa evaluación depende de si creemos que la situación ofrece oportunidades de crecimiento o si se siente abrumadora. La autoconfianza en nuestras capacidades juega un rol decisivo: si creemos que podemos manejar una situación, es más probable que la enfrentemos de manera positiva y constructiva.
La forma en que hemos sido educados y nuestras experiencias pasadas también influyen en nuestra percepción del estrés. Williams destaca que estas percepciones son moldeables y que, al cambiar nuestra relación con el estrés, podemos mejorar no solo nuestro rendimiento, sino también nuestro bienestar general. Iniciar nuevas actividades que nos apasionen puede ser una estrategia efectiva para alterar nuestra percepción del estrés, permitiéndonos ver estos desafíos desde una perspectiva más favorable.
Finalmente, la educación sobre el estrés y sus efectos es esencial para promover un enfoque proactivo ante situaciones estresantes. Técnicas como la visualización pueden ser útiles; imaginar un desempeño exitoso antes de enfrentar un reto, como una entrevista laboral, puede preparar nuestra mente para asociar el estrés con resultados positivos. De este modo, cuando realmente enfrentamos el desafío, ya hemos ensayado mentalmente y nos sentimos más seguros. Así, en lugar de temer al estrés, podemos aprender a utilizarlo como una herramienta para el crecimiento personal y profesional.
