
El cierre del año 2025 nos invita a reflexionar sobre un periodo marcado por la confrontación y la lucha, donde los ecos de John Lennon resuenan en medio del caos contemporáneo. La frase «La guerra ha terminado» se convierte en un llamado urgente a la paz que tanto anhelamos. Sin embargo, este deseo choca con la realidad de un mundo que parece haberse sumergido en nuevos conflictos e injusticias. En América Latina, como en otras partes del mundo, la militarización y las guerras híbridas continúan afectando a poblaciones enteras, mostrando que el camino hacia la reconciliación y la armonía está lejos de ser una realidad tangible. El reto para 2026 será, entonces, más que nunca la búsqueda y promoción de un espíritu transformador que conduzca a la paz y a la prosperidad colectiva.
Desde un punto de vista económico, el 2025 se presentó como un año de dificultades y tensiones en el contexto global. La economía estadounidense, que había llegado a ser la mitad del PIB mundial tras la Segunda Guerra Mundial, vio cómo su influencia se desvaneció ahora hasta situarse en un 26,8%. Este retroceso, aderezado por una recesión que provocó despidos masivos y la polarización en el acceso a recursos, fragiliza no solo la economía local sino que también pone en riesgo el bienestar de otros países que dependen de la estabilidad de la nación norteamericana. La caída del dólar como patrón mundial, un acontecimiento que se ha expresado en una reducción constante de su participación en las reservas internacionales, es un signo claro de que la estructura del poder económico global se encuentra en una fase de transformación, en un momento cuando la economía de China se fortalece y gana terreno.
Paralelamente, el panorama sociopolítico no es menos desalentador. La creciente influencia de formas de capital como el narcocapital y el capital comunicacional han reconfigurado las dinámicas políticas y sociales en la región. Estos nuevos actores emergen con un poder desproporcionado, convirtiéndose en aliados del imperialismo de las grandes potencias, que utilizan estrategias de desestabilización para reforzar sus agendas. A través de jerarquías mediáticas que consolida en manos de unas pocas corporaciones tecnológicas, se reconfiguran las narrativas públicas; de esta forma, perpetúan un sistema de dominación que utiliza el miedo y la infelicidad como herramientas para su control. En este contexto, el poder del capital se convierte en un actor principal en el campo de batalla ideológico.
El 2025 también estuvo marcado por conflictos armados devastadores en diferentes regiones del mundo, lo que ha generado un profundo impacto humanitario. Las muertes en Ucrania, el genocidio en Gaza y los enfrentamientos en África han dejado profundas cicatrices en las sociedades afectadas, revelando la brutalidad de la guerra moderna y su desproporcionado efecto sobre la población civil, especialmente sobre mujeres y niños. La historia se repite una vez más, y mientras miramos hacia el futuro, surge la pregunta: ¿cómo podríamos haber sido diferentes? La narrativa de Lennon nos invita a considerar nuestro papel en la lucha por un futuro mejor, entendiendo que la verdadera victoria radica en la paz, no en las balas.
Al enfrentarnos a la inminente llegada del nuevo año, es esencial que como sociedad nos comprometamos a dejar atrás el ciclo de violencia y a trabajar por un mundo más justo y solidario. A medida que los movimientos feministas y de mujeres continúan liderando espacios de resistencia y transformación, su papel es fundamental para definir no solo el año 2026, sino nuestro futuro colectivo. Este es el momento de preguntarnos, como bien dice la canción, «¿y qué hemos hecho?» para sanar y prosperar en nuestra América Latina. A medida que se apagan las luces de 2025 y se encienden las del nuevo año, el grito por la paz debe ser uno que despierte al corazón de todos los pueblos. Solo así podremos aspirar a construir un continente en donde, finalmente, la guerra haya terminado.
