En 2015, un equipo de arqueólogos comenzó a excavar un cerro en Badajoz, y lo que hallaron en las primeras capas de tierra desafió nuestras percepciones sobre los pueblos ibéricos previos a la llegada de Roma. Entre los hallazgos se encontraban altares con forma de piel de toro extendida, esculturas femeninas únicas en el Mediterráneo occidental y evidencias de sacrificios masivos de caballos, así como objetos importados desde el otro lado del mar. Estas revelaciones son parte de la narrativa que el historiador Santiago Castellanos presenta en su obra «Hispania: una historia de España antes de España», que se lanzará el próximo 2 de junio en la Editorial Pinolia, Madrid. Castellanos, cuyo conocimiento es respaldado por décadas de investigación en historia antigua y un doctorado de la Universidad de Salamanca, utiliza su libro para desentrañar los mitos que han rodeado la historia de la península ibérica desde el siglo VIII a.C. hasta el V d.C.

La enigmática civilización de Tarteso ha fascinado a historiadores y arqueólogos a lo largo de los siglos. Los griegos la consideraban como el límite de su mundo conocido, un lugar de riqueza inigualable en el extremo oeste del Mediterráneo. Desde el Renacimiento, la búsqueda de Tarteso ha crecido, alimentada por la idea de que una magnífica ciudad podría esconderse en el sur de la península ibérica. Durante el siglo XX, diversas áreas, como las marismas del Guadalquivir y la bahía de Cádiz, se convirtieron en puntos de excavación. La historia de la búsqueda de Tarteso se entrelaza con el descubrimiento de Troya, lo que generó esperanzas de que, al igual que esta última, Tarteso también podría existir. Sin embargo, las excavaciones no han brindado los resultados esperados.

Santiago Castellanos ha argumentado que la existencia de Tarteso ha sido mal interpretada. En lugar de ser una capital, Tarteso se define más bien como una red de relaciones y comercio entre las poblaciones indígenas de la península ibérica y los fenicios que llegaron desde el Mediterráneo oriental. Esta comunicación daba lugar a intercambios culturales y comerciales en lugar de una estructura política unificada. La diferencia entre imaginar una ciudad centralizada y una red de interacciones sociales es fundamental para entender la naturaleza de las antiguas sociedades ibéricas, marcando un cambio en la percepción histórica hacia una más coherente y compleja.

El descubrimiento del Tesoro de El Carambolo en 1958 ha sido otra pieza clave en la reconfiguración del entendimiento sobre Tarteso. Este conjunto de joyas, inicialmente asociado a un rey tartésico, resultó ser más probablemente un ajuar de un santuario fenicio vinculado a cultos religiosos. Con el avance de las técnicas de análisis, se evidencia que el tesoro simbolizaba la interconexión del suroeste ibérico con Fenicia y otros destinos del Mediterráneo. Este cambio de interpretación nos invita a considerar una historia de mayor conectividad cultural y económica, desafiando narrativas simplistas de un solo rey y sugiriendo una sociedad más plural y enriquecida por sus vínculos con el exterior.

El yacimiento de Casas del Turuñuelo en Badajoz ha surgido como un ejemplo moderno de cómo las excavaciones pueden revelar más de lo que inicialmente se busca. Desde 2015, se ha desenterrado un edificio orientalizante que fue clausurado en un ritual de destrucción deliberada, con evidencias de sacrificios de animales. Este hallazgo sugiere una sociedad integrada en redes más amplias de intercambio y comunicación. En contraste con la búsqueda de ciudades legendarias, el trabajo de Castellanos y otros académicos es un llamado a aceptar la real diversidad y complejidad de los pueblos ibéricos entre el siglo VIII a.C. y el V d.C. La obra «Hispania» promete ser un documento fundamental para comprender la historia de España antes de su unificación bajo el dominio romano.