
Un siglo después de su creación en 1919, la bebida dulce de malta Toddy ha visto su presencia en los estantes de los supermercados norteamericanos desvanecerse, mientras que, en el corazón de América Latina, sigue siendo un ícono de las mañanas. Originada en Buffalo, Nueva York, por el emprendedor James William Rudhard, Toddy fue concebida inicialmente como un alimento caliente para los soldados estadounidenses durante sus turnos de vigilancia. Sin embargo, la estrategia visionaria del vendedor puertorriqueño Pedro Erasmo Santiago, quien decidió llevar la bebida al vibrante mercado sudamericano, pavimentó el camino para que Toddy se convirtiera en una tradición en el desayuno de millions en países como Venezuela y Argentina. La combinación de malta, cacao y leche en polvo encontró un hogar en las cocinas de la región, donde su sabor se ha anclado profundamente en la cultura contemporánea.
La publicidad creativa y el marketing efectivo contribuyeron significativamente al reconocimiento de marca de Toddy en Sudamérica. En 1928, un cartel argentino afirmaba que «dos cucharadas de Toddy valen seis huevos», un testimonio de la fe y la confianza que los padres depositaban en el producto. Esta afirmación, aunque claramente exagerada, logró captar la atención de un público ávido de mejorar la nutrición de sus hijos. Con el tiempo, la bebida se popularizó tanto que su lema «Toddy—fuerza al instante» resonó en radios de países como Paraguay y Uruguay, cimentando su lugar como un elemento esencial de muchos desayunos latinoamericanos. La mezcla deliciosamente dulce evocaba recuerdos y se convirtió en un ritual familiar que se transmitía de generación en generación.
No obstante, la historia de Toddy no ha estado exenta de desafíos, especialmente en su mercado de origen. La llegada de competidores como Nesquik y productos de desayuno instantáneo de otras marcas hizo que Toddy perdiera terreno en los pasillos de los supermercados en los Estados Unidos. Sin embargo, tanto en Venezuela como en Brasil, la bebida se mantenía firme en la tradición, particularmente en el ritual matutino donde niños y adultos sorbían la rica mezcla de malta. En los años 70, el lanzamiento de ‘Toddynho’, una versión en miniatura para llevar, permitió que el legado de Toddy continuara, consolidando su importancia en las meriendas escolares y creando una conexión emocional con los hábitos alimenticios de los jóvenes de la época.
En la nueva milenio, PepsiCo adquirió los derechos de Toddy en 2001 y, lejos de reducir su presencia, revitalizó la marca como un campo de experimentación en América Latina. El gigante de las bebidas comenzó a diversificar su oferta introduciendo productos innovadores como cereales, barras de helado y nuevas recetas de polvo fortificado. Durante la pandemia del COVID-19, la demanda de la bebida aumentó drásticamente, con ventas de polvo que crecieron un 30% en supermercados brasileños mientras las familias recreaban la experiencia del café en casa. Las estrategias de marketing modernas, que incluyen interacciones en redes sociales, han mantenido viva la marca en la memoria popular, fomentando la creatividad culinaria en su uso, desde café frío hasta postres deliciosos.
La historia de Toddy refleja una resistencia caraqueña hacia el cacao y su evolución en un mercado que cambia constantemente. La marca no solo simboliza las tradiciones alimentarias que se han transmitido a lo largo de los siglos, sino que también se enfrenta a la creciente atención hacia cuestiones de salud y nutrición. Con recientes lanzamientos de versiones con menos azúcar y alternativas a base de soja, PepsiCo busca adaptar la nostalgia de Toddy a un contexto contemporáneo, lleno de preocupaciones por el azúcar y el bienestar. Aunque su presencia en el mercado estadounidense sigue siendo incierta, Toddy permanece como un talismán cultural de América Latina, recordándonos que, a pesar de los cambios, algunas tradiciones alimentarias tienen el poder de durar y evolucionar.
